Dracula & Psyops
El sistema democrático está en crisis. No creo sorprender a nadie diciendo esto. No solo en Estados Unidos y, acá, en la Argentina, sino en todas partes del mundo y cada vez más profundamente: la mayoría de la población está eligiendo líderes populistas de derecha que están abiertamente en contra de la democracia y tienen una visión del mundo polarizante.
Esta crisis tiene múltiples factores y no es mi intención analizar cada uno de ellos. Lo que sí me interesa es cuál es el papel que cumple la tecnología en todo este proceso.
Hace años que venimos sintiendo que el avance tecnológico se ha acelerado vertiginosamente y, sobre todo después de la pandemia, hemos comprobado cómo la sociedad se ha visto profundamente transformada por la intromisión de la tecnología en nuestros espacios privados.
Esto ha consolidado una nueva clase de capitalista: el, según Varoufakis, tecno-feudalista[1]. Billonarios (o trillonarios, según cómo lo leas) que acumulan una insólita e inimaginable cantidad de riqueza y poder. Estos nuevos señores feudales resultan también ser los dueños de esas mismas tecnologías que se han convertido en necesarias para la vida.
Casualidad no es causalidad, pero es evidente que estos dos fenómenos están relacionados de alguna manera.
Hace más de una década, hacktivistas y profesionales han llamado la atención sobre la pérdida de privacidad que los usuarios experimentan en internet y las aplicaciones celulares. El cada vez más agresivo mercado de los datos ha demostrado sus vértices más problemáticos: desde micrófonos incorporados en dispositivos hogareños que no declaran capacidad de escucha hasta capturas de pantalla que se transmiten periódicamente a servidores de grandes compañías.[Z].
Sin embargo, al exponer y tratar de concientizar sobre estos problemas en la sociedad, muchas veces se ha fallado en demostrar cuáles eran las consecuencias de esta intrusión en la privacidad del usuario. Hablábamos de la persecución estatal, del pobre manejo de esos datos, del desbalance de poder, pero la realidad es que la gente que no estaba muy interiorizada en estos temas no lograba empatizar. Primero decían que no tenían nada que esconder; ahora se han vuelto tan dependientes de esas mismas aplicaciones que, aunque tienen una vaga idea de que se les está violando un derecho, han perdido la capacidad de funcionar adecuadamente sin esta intervención tecnológica. Usan aplicaciones de citas para conocer gente, Instagram para mantener contacto con sus familiares y amigos y Facebook para vender sus productos y servicios. Aún creen que el balance entre lo que se supone que les están sacando y lo que les da es mayor.
Aun así, creo que hoy se está volviendo cada vez más evidente que ese desbalance de poder está afectando a la sociedad en su conjunto de maneras muy negativas. Creo que hay que cambiar el enfoque con el que se presenta la discusión. Dejar de hablar de las posibilidades de un futuro incierto o de las consecuencias ocultas y enfocarse en la realidad vigente y en cómo está afectando a las personas en su intimidad.
Para eso tenemos que entender cómo funciona el negocio de las grandes tecnológicas y por qué nos está precipitando hacia el fascismo, la soledad y la depresión.
El capitalismo de la vigilancia
Lo primero que tenemos que entender es por qué los ricos son tan ricos. Por qué Jeff Bezos, Elon Musk y Mark Zuckerberg son los hombres más ricos del planeta y cómo han llegado a serlo.
Muchas veces se ha dicho que los datos son el petróleo del siglo XXI. Pero yo, en particular, nunca había entendido bien a qué se referían con esa frase. Sabía que se recolectaban datos de los usuarios, de su actividad, sus preferencias, y que luego esos datos se vendían, pero desconocía qué se hacía con esos datos y por qué otras empresas estaban dispuestas a comprarlos a cualquier precio. En su libro”El capitalismo de la vigilancia”, la profesora Shoshana Zuboff[2] hace un análisis materialista de este fenómeno que me parece que ayuda a entender el modelo de negocio.
La idea es, en la superficie, simple: lo que venden es “futuros humanos”, una expresión acuñada por ella misma, tratando de hacer un paralelismo con los futuros financieros. Lo que estos futuros humanos implican es que estas empresas son capaces de predecir el comportamiento de la población. Y esto se hace posible a través del análisis de millones de puntos de información recolectados constantemente en todo el mundo. Y cuando digo todo el mundo, me refiero a la mayoría de las personas del planeta que usan las mismas aplicaciones para todo.
En sistemas hay una expresión que me gusta repetir, que es ELI5 (explícame como si tuviera 5 años). De ninguna manera es para ofender tu inteligencia; es simplemente como me gusta a mí que me expliquen las cosas.
Una explicación ELI5 de cómo funcionan estos futuros humanos sería la siguiente.
Imaginemos una persona, llamémosla Alicia. Alicia consume galletitas de agua. Todos los días Alicia desayuna galletitas de agua y un paquete le dura exactamente una semana. Por lo tanto, todos los lunes Alicia entra en su aplicación de tienda digital y compra un paquete de galletitas de agua de su marca favorita. La aplicación de la tienda está monitoreando el comportamiento de Alicia durante su sesión, y al cabo de unos meses es capaz de asegurar con un alto porcentaje de éxito que Alicia, el próximo lunes, va a entrar a la tienda a comprar esas mismas galletitas.
Lo que la aplicación de la tienda virtual ha hecho es un “perfil” de Alicia. Ahora ella ha sido categorizada como una potencial compradora de ese producto en específico, un día en particular. Si comparamos este método con, por ejemplo, un cartel en una autopista —que está pensado para llegar a la mayor cantidad de gente posible y cuyo costo está medido por la cantidad de personas que lo ven—, este método es infinitamente más eficiente. De los millones de personas que pasan por esa autopista, quizás solo un pequeño numero es un consumidor asiduo de ese producto, y es imposible determinar cuándo esa persona está deseosa de comprarlo.
La tienda online ahora puede vender un “futuro humano”; es decir, puede asegurarle a la empresa de galletitas de agua que sus perfiles tienen un alto grado de posibilidad de compra, y eso vale mucho, al parecer.
Pero no se han conformado únicamente con predecir el consumo futuro. Al tener una inmensa cantidad de información y luego de haber constituido los perfiles de consumo de los usuarios, empezaron a reconocer tendencias de consumo. Usuarios como Alicia que cambiaban sus comportamientos: empezaban, por ejemplo, a acompañar sus galletitas de agua con mermelada o té, o ese consumo los llevaba después a buscar recetas y comprar libros de cocina. Esto hacía que no solo pudieran decirle a las fábricas de galletitas de agua cuándo sus clientes querían sus productos, sino también predecir nuevos clientes para nuevas empresas.
La famosa cita de Arthur C. Clarke —“Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”— es relevante aquí. Mucha gente me ha dicho que el teléfono los “escucha”: que estaban hablando de comprar pasajes de avión a cierto destino y poco tiempo después el teléfono les ofrecía un descuento o un seguro médico para ese destino. Si bien es posible que ciertas aplicaciones tengan acceso al micrófono, lo más probable es que no lo necesiten para saber que una persona está deseando viajar a un destino en particular. Lo más probable es que esa persona haya caído en una tendencia de consumo: por sus círculos, su edad y su capacidad económica, se ha vuelto objetivo de esa publicidad.
Escuchar y analizar la voz humana en las dimensiones más profundas que implicaría interpretar conversaciones completas fue, durante mucho tiempo, técnicamente posible pero económicamente poco rentable. Aún hoy, el grueso de la recolección de datos auditivos se orienta más a la metadata —el dónde y el cómo— que al contenido explícito de lo que se dice.No tanto porque no sea posible, sino porque no siempre es necesario.
Sin embargo, en los últimos 10 años se ha agregado una faceta mucho más siniestra a este modelo de negocio. Las compañías de datos han aprendido que no solo pueden predecir consumos futuros y cambios en esos consumos, sino que también pueden modificar activamente tus patrones de consumo.
Esto lo han logrado gracias a un doble control del usuario. Primero, un conocimiento íntimo de la persona, tan íntimo que incluso pueden saber más de vos de lo que vos mismo sabés. El caso de una mujer que empezó a recibir publicidades de pañales antes de saber que estaba embarazada es ilustrativo. Analizando cambios aparentemente triviales en los hábitos de consumo —como la preferencia por productos sin fragancia—, una empresa desarrolló un modelo de predicción de embarazo con notable precisión. La usuaria fue segmentada como potencial madre y se activó sobre su perfil una campaña publicitaria específica, anticipándose incluso al conocimiento personal y familiar del embarazo.[3]
El segundo control es el secuestro de la atención. Las redes sociales, sobre todo, están diseñadas para ser adictivas: su dinámica de descubrimiento, interacción y recompensa replica las emociones de las apuestas y la conquista amorosa. Este ciclo dopaminérgico es inmensamente adictivo[4]. El resultado son personas —especialmente jóvenes— que pueden estar scrolleando horas y horas en la misma aplicación, ya sea Instagram, TikTok o Twitter (ahora X).
A partir de este doble control —conocimiento íntimo y control de la información que el usuario recibe— son capaces de manipular subrepticiamente tus emociones para posicionar productos. Por ejemplo, Instagram, especialmente en mujeres, tiende a alimentar su feed con imágenes de cuerpos idealizados que erosionan la autoestima, algo que la propia empresa ha reconocido internamente. A partir de señales implícitas de uso —como interacciones, tiempo de visualización o incluso contenido subido y luego eliminado—, la plataforma infiere estados emocionales probables y ajusta tanto el contenido como la publicidad que muestra, favoreciendo con frecuencia productos de belleza o modificación corporal[5].
A este método se lo llama “psyops”, operaciones psicológicas: un término militar y una práctica milenaria de utilizar las emociones —sobre todo las emociones fuertes— para cambiar el comportamiento de un objetivo (persona o grupo). Lo novedoso es que ahora las empresas de datos han tomado una práctica militar y la han dirigido a la población para maximizar sus ganancias. Usando este doble control, pueden venderle a una fábrica nuevos consumidores que, sin siquiera saberlo, están siendo manipulados para comprar sus productos.
Este es el capitalismo de la vigilancia. Este es el negocio más lucrativo del mundo. Esto es por lo cual los datos son tan valiosos: porque permiten crear psyops. Esto es lo que venden Facebook y TikTok. Esto es lo que hace a los millonarios tan ricos. Y esto ya sería un problema en sí mismo si no fuera porque ahora se le ha agregado una nueva dimensión a esta batalla cognitiva.
A partir del escándalo de Cambridge Analytica se ha demostrado que, al menos, hubo intentos de manipular elecciones utilizando estos mismos métodos.
El caso Cambridge Analytica
En el año 2018, a partir de una serie de filtraciones periodísticas, se demostró que la empresa de análisis de datos Cambridge Analytica había utilizado datos personales obtenidos de Facebook sin consentimiento para influir en procesos electorales[6], particularmente las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2016. No hubo un “juicio” único y centralizado contra la empresa por manipulación electoral, pero sí investigaciones parlamentarias, sanciones regulatorias y audiencias públicas en EE.UU. y el Reino Unido que confirmaron estas prácticas.
La manipulación no se centraba necesariamente en cambiar de forma directa el voto de un partido a otro. La evidencia reunida y el análisis posterior de estas prácticas sugieren estrategias más sutiles: influir sobre votantes indecisos, captar a quienes votaban por primera vez y, en algunos casos, desincentivar la participación electoral.
Esto producía un doble efecto: reducía la participación democrática y concentraba el voto joven hacia un sector del espectro político. Los jóvenes, más activos en redes sociales, resultaban especialmente vulnerables.
No tenemos datos completos sobre cuánto se ha extendido esta práctica, pero la tendencia es clara. No sería sorprendente que estas metodologías se hayan consolidado y que nuevas “Cambridge Analytica” operen hoy en todo el mundo, ofreciendo manipular elecciones a quienes puedan pagarlo.
Si vemos los números podemos notar una clara convergencia de estos dos fenómenos.
La brecha de poder de los multimillonarios, que ya era preocupante, se ha extendido a una nueva dimensión en donde ya no solo tienen poderio económico, sino que ahora pueden imponerse políticamente.
Si, por ejemplo, nos detuviéramos a pensar en las últimas elecciones argentinas (2023), en las cuales el candidato ganador —apoyado mayoritariamente por jóvenes, con una participación electoral mínima histórica—, basó su campaña en el uso intensivo de redes sociales, y cuyas políticas favorecen a los grandes conglomerados tecnológicos (exportación de litio, instalación de data centers, baja de impuestos), no sería demasiado aventurado imaginar que se haya hecho uso de los mismos métodos que tenía Cambridge Analytica para torcer elecciones.
Y aún podemos ir un poco más lejos en nuestras suposiciones: si Milei es el producto de psyops, y sus políticas, discurso y base electoral son similares a otros líderes del mundo, quizás estos también sean producto de psyops.
De esta manera se podría explicar el rápido resurgimiento de la derecha —o las nuevas derechas— montadas sobre la recolección de datos y una infraestructura instalada globalmente que, al mismo tiempo, es la más rentable del mundo. Es fácil imaginar cómo los poderosos han usado esta herramienta para imponer su visión del mundo.
Pero acá es donde viene la pregunta que más me preocupa: ¿por qué eligieron esa visión del mundo? ¿Por qué, con todo su poder, con total dominación, han elegido este neofascismo?
Para entender esto, primero me gustaría hablarles un poco sobre los vampiros, y en particular sobre Drácula.
Drácula y la crisis del liberalismo
Para entender lo que está pasando hoy es necesario mirar hacia atrás. No porque el pasado se repita de forma idéntica, sino porque los conflictos que no se resuelven tienden a reaparecer bajo nuevas formas. La relación entre Drácula y nuestro presente no es inmediata ni evidente, y exige un poco de paciencia, pero es precisamente en esa distancia donde aparece lo más interesante.
Drácula es un vampiro, y un vampiro es un monstruo. Pero un monstruo no es simplemente una criatura fantástica ni una amenaza externa. Un monstruo es la materialización de una suma de miedos que una sociedad no logra procesar de otro modo. No encarna un temor aislado, sino una sensación general, difusa y persistente, producida por una época determinada y por sus condiciones materiales. Cuando una sociedad produce monstruos, lo que está haciendo es dar forma narrativa a sus contradicciones.
Desde esta perspectiva, Drácula no puede leerse como una simple historia de terror. Cuando Bram Stoker escribe la novela, hacia fines del siglo XIX, Europa atraviesa un período de transformaciones profundas. El mundo cambia con una velocidad inédita y existe una sensación generalizada de que algo no termina de encajar. El positivismo —la creencia de que el avance científico y tecnológico resolvería progresivamente todos los problemas humanos— comienza a chocar con sus propios límites.
El optimismo de una mitad de siglo relativamente pacífica convive con la intuición de conflictos cada vez más violentos en el horizonte. Esa sensación de tormenta inminente atraviesa toda la novela. Algo se está gestando, algo que todavía no tiene nombre, pero que ya genera inquietud.
Con el paso del tiempo sabemos que esa intuición no era infundada: apenas veinte años después estallaría la Primera Guerra Mundial, inaugurando el siglo de las catástrofes. Pero Stoker no escribe con ese conocimiento. Lo que sí percibe con claridad es que el presente está lleno de tensiones sin resolver.
Drácula es, en ese sentido, casi un relato de ciencia ficción. Los avances tecnológicos más modernos de la época tienen un rol central en la historia: el gramófono, el telégrafo, la máquina de escribir, la transfusión de sangre. Todos ellos representan una confianza todavía vigente en la ciencia y en el progreso. Stoker sigue siendo, en muchos aspectos, un positivista. Cree que el conocimiento, la técnica y la organización racional pueden enfrentar la amenaza.
Y, efectivamente, son esas herramientas las que permiten a los personajes derrotar al Conde. Sin embargo, esos mismos avances aparecen cargados de una ambigüedad inquietante. Son los que hacen posible traer a Drácula desde el otro lado del mundo; la transfusión de sangre se presenta como un acto cargado de erotismo y transgresión; Mina, al aprender a usar la máquina de escribir, encarna el desplazamiento del rol tradicional de la mujer como “ángel del hogar”.
Stoker reconoce las contradicciones de su tiempo, pero no las rompe. Las ve, las tematiza, las dramatiza, pero intenta resolverlas sin cuestionar de raíz el sistema que las produce. Drácula es el espacio narrativo donde esas tensiones pueden ordenarse, donde el monstruo concentra los miedos y permite, al menos ficticiamente, restaurar un equilibrio que en la realidad ya comienza a resquebrajarse.
Para entender por qué ese intento de resolución toma la forma que toma, es necesario detenerse en el contexto histórico en el que la novela fue escrita.
La caída de los imperios
Eric Hobsbawm caracteriza al largo siglo XIX como un período estructurado por una secuencia de revoluciones políticas, sociales e industriales.[7]. Estas se destacaron por enarbolar principios de igualdad y nacionalismo.
Hacia fines del siglo XIX estas revoluciones ya se habían afianzado. Los pocos sistemas sobrevivientes del Antiguo Régimen pendían de un hilo. En particular, a los europeos les preocupaba el Imperio austrohúngaro, heredero de la tradición del Sacro Imperio Romano Germánico y gobernado aún por la dinastía de los Habsburgo. La caída de este imperio precipitaría al mundo hacia la Primera Guerra Mundial y, para Stoker y sus contemporáneos, representaba el fin de una época y el comienzo de un futuro incierto.
Otro imperio que atravesaba profundas crisis era el Imperio ruso, en la antesala de una transformación violenta. Aunque el movimiento bolchevique aún no existía y el marxismo organizado era incipiente, Rusia estaba sacudida por movimientos revolucionarios populistas y anarquistas. En 1881, la Naródnaya Volia (La Voluntad del Pueblo) asesinó al zar Alejandro II, consolidando en Europa occidental la imagen de Rusia como un foco de caos político, conspiración y violencia.
Por entonces —y en parte aún hoy—, a los judíos se los consideraba apátridas y, por lo tanto, un problema para el nuevo mundo organizado en Estados-nación. En la mentalidad de la época, los movimientos anarquistas y comunistas eran indistinguibles del judaísmo. Y si bien ninguno de los perpetradores del atentado al zar era judío, estos fueron culpados de todas maneras.
Esto derivó en un aumento de pogromos —linchamientos populares de judíos— que resultaron en una migración masiva. Muchos de estos judíos terminaron en Inglaterra, específicamente en el este de Londres, en los barrios bajos. Pero no llegaron solos: trajeron consigo una gripe, la llamada gripe rusa, quizá la primera pandemia global de gripe, ya que las nuevas tecnologías —tren, barco a vapor, telégrafo— permitían que un fenómeno local tuviera repercusiones globales.
Esta diáspora cristalizó un nuevo mundo en formación: la globalización. Ya no importaba que Inglaterra fuera la superpotencia mundial; un atentado al otro lado del mundo podría generar una crisis en el corazón de Londres.
Este es el Drácula de Stoker: un exciudadano del Imperio austrohúngaro, con rasgos judíos —nariz aguileña, cejas espesas—, un noble de un sistema decadente que se instala en el este de Londres y trae consigo una enfermedad contagiosa. Si bien existen similitudes con Vlad Tepes, todo indica que Stoker solo tomó el nombre: nunca estuvo en Transilvania y su desconocimiento de la región se refleja en la novela.
La liberación femenina
Pero hay algo más que atormenta al autor: la sexualidad, y en especial la liberación sexual femenina.
Drácula tiene fuertes tintes eróticos y es, en parte, responsable de la erotización moderna del vampiro. Pero este miedo tampoco es lineal. Hay que observar otros procesos históricos de la época.
El siglo XIX está repleto de revoluciones: la sustitución de monarquías absolutas por Estados republicanos con distintos grados de democracia, la abolición de la esclavitud y de la servidumbre, la autonomía nacional. Son movimientos identitarios, y uno de ellos es el feminismo.
Las mujeres, hasta entonces severamente limitadas en su derecho a la propiedad, se veían empujadas al matrimonio o al convento como formas socialmente aceptadas de subsistencia. Esto estaba directamente ligado a la exclusión del voto, ya que el sufragio se encontraba asociado a la propiedad y a la autonomía legal. Para las feministas de la primera ola, reclamar el voto era también reclamar el derecho efectivo a poseer y administrar bienes.
Esto tuvo efectos secundarios profundos: al acceder a la propiedad, la mujer se liberó del mandato del matrimonio y, con ello, del mandato de la virginidad. El resultado es una incipiente liberación sexual femenina, que se cristaliza en el arquetipo de “la mujer nueva”: una mujer que no aspira al matrimonio, que trabaja, que circula sola por la ciudad y que anda en bicicleta (algo escandaloso para la época).
Estas mujeres también luchaban por la desestigmatización de la prostitución. No defendían la prostitución en sí, pero sí denunciaban que la culpa recayera exclusivamente sobre la mujer. Un ejemplo es la Ley de Enfermedades Contagiosas, que permitía a la policía “inspeccionar” forzosamente a mujeres sospechadas de prostitución. Las feministas denunciaban no solo la violencia de la ley, sino también que excluía completamente a los hombres consumidores.
Este punto es clave, porque aunque la sociedad victoriana era moralmente rígida, también practicaba una lógica de laissez-faire: mientras las transgresiones permanecieran en el ámbito privado y no alteraran el orden social, eran toleradas. Estas leyes rompían esa frontera: lo privado se volvía público, usando el miedo al contagio —especialmente la sífilis— como justificación.
Un caso traumático para Stoker, directamente ligado a esto, fue el juicio a Oscar Wilde.
El juicio a Wilde
Wilde y Stoker eran muy amigos. Para los estándares actuales, quizá demasiado. Se escribían cartas intensas y emotivas, algo común entre los victorianos, conocido como “amistad romántica”. Stoker y Wilde, ambos irlandeses, fueron juntos a la escuela e incluso compartieron un triángulo amoroso.
Wilde era un crítico feroz de la hipocresía victoriana. Vivía abiertamente su homosexualidad y frecuentaba espacios públicos con su amante, Lord Alfred Douglas (“Bosie”). También practicaba el llamado slumming: visitas a barrios bajos, prostíbulos y antros del este de Londres.
El padre de Bosie acusó públicamente a Wilde de sodomía. Wilde respondió con una demanda por difamación, que perdió. Esto dio lugar a un juicio penal del Estado contra él, que terminó con una condena de dos años de trabajos forzados y la ruina económica y social.
Wilde nunca se recuperó y murió en el exilio, en la pobreza, en 1900.
Este juicio marca, en muchos sentidos, el final simbólico de la era victoriana. Lo privado se vuelve político. Las barreras entre nobles y plebeyos se disuelven. La movilidad social expone una verdad incómoda: los nobles practican una moral diferente, que ahora queda a la vista.
Muchos se apresuraron a romper vínculos con Wilde. Entre ellos, Henry Irving, jefe de Stoker, con quien este mantenía una relación de dependencia compleja y tóxica.
No sabemos exactamente cómo afectó el juicio a Stoker, pero su obra sugiere que veía a la nobleza como una influencia corruptora.
Drácula como miedo al contagio
Como dijo Gramsci: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”[8]. Nunca fue tan literal como en este momento. Drácula nace en ese claroscuro en el que el viejo sistema está decadente y el nuevo aún no toma forma. Y se cristaliza en la mentalidad de este hombre victoriano, que no ve una salida a las contradicciones de su época.
Pero, sobre todo, lo que le preocupa a Stoker es el contagio. Pero no únicamente el contagio de la gripe que traen los extranjeros o la sífilis que se propaga por el libertinaje de los nobles, sino un contagio moral, o más bien inmoral: la disolución de las barreras de clase que hace que las prácticas escandalosas de los nobles decanten hacia sectores populares y austeros.
Esto se refleja en las relaciones de Lucy con Mina y del Conde con Jonathan. Para Stoker, Drácula es una novela “edificante”, es decir, deja una lección moral. Su intención es advertirle a la población que las prácticas perversas de la nobleza y las relaciones con la chusma de los barrios bajos (extranjeros y prostitutas) no solo ayudan a la transmisión de enfermedades, sino que también condenan el alma de la persona.
Desde este punto de vista podemos interpretar que Lucy —mujer noble, educada, feminista, que aplaza el compromiso del matrimonio y que es “sonámbula”— luego de una de sus incursiones nocturnas vuelve enferma y se convierte en una mala influencia para Mina. Al mismo tiempo, Jonathan, luego de firmar un millonario contrato inmobiliario con un acaudalado extranjero, es “secuestrado” en un prostíbulo por meses hasta que cae enfermo de una ‘fiebre mental’, una forma eufemística de describir colapsos nerviosos que, en la mentalidad victoriana, se asociaban frecuentemente con la sífilis.
Pero Stoker no se queda solo allí. También acusa a los líderes de la sociedad, a quienes debían cuidar y proteger a la población, aquellos que tenían el poder de tomar decisiones, de ser ciegos e impotentes ante este problema. Estos son, por supuesto, los pretendientes de Lucy. Son los hombres que tienen agencia, que toman decisiones y que, eventualmente, toman malas decisiones, y esas malas decisiones llevan a la muerte de Lucy.
Stoker divide así el pensamiento de la época en tres centros: un noble, un americano y un médico. Tres poderes: uno simbólico, otro material y un último intelectual. Estos tres poderes, que representarían el núcleo del pensamiento liberal e iluminista de la época, son los que están fallando en poner orden a la crisis actual, buscando sus intereses propios y siendo ciegos al problema en su conjunto.
Lo que Stoker propone entonces es que falta un cuarto poder: el espiritual. Ahí es donde entra Van Helsing, que logra unir a los tres hombres que estaban enfrentados, compitiendo por el amor de Lucy, y que tras su muerte, guiados ahora por Van Helsing, se unen no para conquistar, sino para proteger a Mina y honrar su matrimonio con Jonathan.
Van Helsing y un monstruo que cree en Dios
Si lo comparamos con otros monstruos de la época victoriana, Drácula tiene una particularidad singular: es afectado por la simbología cristiana. En cierto punto, Drácula cree en Dios. Si, por ejemplo, lo comparamos con la criatura de Frankenstein, allí Dios —y en especial Cristo— no se deja ver por ningún lado.
En este sentido, Drácula confirma la existencia de un orden divino activo y, más aún, la eficacia de los símbolos sagrados. La cruz y el agua bendita afectan a Drácula, lo detienen. Quizás a nosotros, inmersos en una cultura de herencia católica, no nos llame demasiado la atención. Pero para un lector protestante inglés de fines del siglo XIX, estos rituales —especialmente el agua bendita y la hostia— eran marcadamente católicos y, en muchos casos, considerados supersticiosos.
Tanto Stoker como Van Helsing son católicos en un país protestante. El uso de estos artilugios es una declaración del autor, un ataque directo a la Iglesia anglicana, acusándola de estar ausente en el sistema de poder liberal de la época. En otras palabras, lo que el autor está diciendo es que Inglaterra ha perdido su norte espiritual, que el puritanismo le ha fallado a la sociedad y que es el catolicismo —la “verdadera” religión— el que no solo perdona a los personajes por sus transgresiones, sino que enmarca el problema (Drácula) no como un mero problema material, sino como un conflicto moral interno de la sociedad. La novela no solo derrota al monstruo: rehabilita lo sagrado.
Y para ello va a hacer uso de emociones, en particular se va a apoyar fuertemente en dos emociones: el miedo y el amor, pero también va a usar otras, como el resentimiento y el asco.
Protofascismo
Estas cuatro emociones (miedo, amor, resentimiento y asco) son la base de lo que la autora Eva Illouz ha llamado populismo de derecha o protofascismo[9]. Hoy en día la palabra fascismo está completamente devaluada, pero, como dice el dicho, si camina como un pato, habla como un pato y se ve como un pato, entonces es un pato.
Si bien podemos decir que estos nuevos movimientos de derecha no son fascistas en toda su regla, sí allanan el camino hacia movimientos más extremistas. El protofascismo o populismo de derecha se destaca por redireccionar la violencia de una crisis hacia el interior de la sociedad. Otra forma de decirlo es que logra capitalizar una crisis a favor de sus propios intereses, manteniendo el status quo y redoblando la opresión hacia los sectores más vulnerables de la sociedad.
Volviendo a Drácula, podemos ver ese mismo redireccionamiento de la crisis —producida por las contradicciones del sistema— hacia el interior de la sociedad (extranjeros y mujeres). Al movilizar el miedo al contagio, el amor a la religión, el asco al extranjero y el resentimiento hacia la mujer, Stoker logra, ficcionalmente, resolver la crisis: matar a Drácula, ‘rescatar’ a Jonathan de un espacio de transgresión sexual y progresivamente aislar y disciplinar a Mina, despojándola de su autonomía ‘por su propio bien’.
Drácula no fue un éxito inmediato en su publicación, pero su imaginario cobró una nueva fuerza en las primeras décadas del siglo XX, cuando muchas de las tensiones que Stoker había intuido —guerra en Europa del Este, enfermedad, miedo al extranjero, antisemitismo— se volvieron experiencia cotidiana. En ese contexto, la novela encontró una resonancia renovada en el clima cultural de la Primera Guerra Mundial.
No es mi intención decir que Drácula sea el padre del fascismo, pero sí que supo capturar un sentimiento de época, y que su forma de “resolver” las crisis será imitada y llevada al extremo durante el siglo XX.
Y ahora sí, hemos cerrado el círculo. Podemos volver al presente con un poco más de claridad sobre qué es lo que está pasando.
La farsa del fascismo
Como dijo Marx, la historia se repite dos veces: primero como tragedia y después como farsa[10]. Esta frase suele citarse como un aforismo ingenioso, pero en realidad apunta a algo más preciso. Marx no hablaba de una repetición estética, sino de sistemas que, incapaces de resolver sus contradicciones materiales, recurren a formas del pasado para intentar hacerlo.
Cuando el fascismo se instauró en Europa en la primera mitad del siglo XX, utilizó como excusa la amenaza roja, el fantasma del comunismo. Aquello fue una tragedia: millones de muertos, guerras, exterminios. Pero al mismo tiempo fue una farsa, porque el comunismo no fue la causa real del fascismo. El fascismo se había gestado antes, como respuesta a las contradicciones internas de un sistema liberal que ya no podía sostenerse.
El comunismo funcionó como un enemigo externo sobre el cual se pudo proyectar la violencia de la crisis, permitiendo así que las mismas dinámicas de poder se prolongaran durante décadas. La violencia se exteriorizó, se le dio forma, se la volvió manejable.
Hoy vemos reaparecer las mismas fórmulas, los mismos discursos y las mismas emociones. Pero esta vez no hay un enemigo externo claro. No hay amenaza roja, no hay una ideología alternativa capaz de ocupar ese lugar. En el siglo XIX, la ciencia realmente fallaba. La gripe y la sífilis hacían estragos en la sociedad y el conocimiento disponible no lograba ofrecer una respuesta efectiva. Ese límite material del positivismo se refleja en Drácula como una crítica a una ciencia que prometía orden y progreso, pero que no podía contener la crisis.
Hoy la situación es distinta. El conocimiento existe, las vacunas funcionan y las herramientas están disponibles. Lo que ha fallado no es la ciencia, sino la organización social que debería sostenerla: sistemas de salud desfinanciados, mala comunicación, desobediencia inducida y una incapacidad política de transformar conocimiento en cuidado colectivo. Aun así, el fascismo contemporáneo ha elegido una postura abiertamente anticientífica, no porque la ciencia haya fracasado, sino porque resulta incompatible con su necesidad de producir miedo, confusión y enemigos.
Por eso esta vez no hay farsa que amortigüe la tragedia. El sistema intenta repetir la operación, pero sin un chivo expiatorio eficaz. La violencia ya no puede proyectarse hacia afuera y se redirige hacia el interior de la sociedad. El resultado no es orden, sino descomposición.
La diferencia ahora no está en el mecanismo, sino en la infraestructura histórica que lo vuelve operativo. El mismo proceso de canalización de la crisis se repite, pero sobre una base tecnológica que acelera los tiempos, fragmenta los vínculos y modifica constantemente los puntos de encuentro, impidiéndonos organizarnos antes de que las reglas del juego vuelvan a cambiar. Una infraestructura que está en manos de los poderosos y que utilizan para capitalizar la crisis a su favor.
Un último pensamiento
No quiero que esto se lea como una invitación a la inacción ni como una apelación a soluciones individuales. El problema que intento señalar no se resuelve con decisiones personales aisladas ni con una migración moral hacia tecnologías “menos malas”. Pensar el problema en esos términos vuelve a cargar la responsabilidad sobre el individuo y deja intacta la estructura que produce la crisis.
El núcleo del problema es otro: vivimos inmersos en sistemas diseñados para manipular emocionalmente a grandes masas de personas de manera constante y asimétrica. No se trata solo de información falsa o de contenidos tóxicos, sino de la producción sistemática de estados emocionales —miedo, amor, asco, resentimiento— que condicionan nuestra forma de percibir el mundo y de vincularnos con los demás.
Mientras no prestemos atención colectiva a ese plano emocional, cualquier intento de recomponer la vida social va a chocar contra el mismo límite. No porque falte voluntad individual, sino porque la infraestructura misma está orientada a fragmentarnos, aislarnos y volvernos más manipulables.
La cuestión, entonces, no es abandonar la tecnología, sino dejar de naturalizar los efectos emocionales que produce. Reconocerlos, nombrarlos y politizarlos es una condición mínima si queremos pensar una salida que no vuelva a repetir, una vez más, el mismo mecanismo bajo otra forma.
No es la tecnología el problema, es nuestra relación con ella.
Notas y referencias
[Z1] Google Nest Secure microphone disclosure: Business Insider, “Google admits it forgot to mention the Nest Secure alarm system has a microphone”, 2019; The Guardian, “Google admits Nest Secure alarm system had hidden microphone”, 2019. Ver también: Shoshana Zuboff, The Age of Surveillance Capitalism (2019) y entrevistas posteriores.
[Z2] Microsoft, “Introducing Recall”, Windows Blog, 2024; Electronic Frontier Foundation, “Microsoft’s Recall Is Surveillance Built Into Windows”, 2024.
[1] Yanis Varoufakis, “Technofeudalism Is Taking Over”, Project Syndicate, 2021; y Technofeudalism: What Killed Capitalism, 2023.
[2] Shoshana Zuboff, The Age of Surveillance Capitalism, PublicAffairs, 2019.
[3] Charles Duhigg, “How Companies Learn Your Secrets”, The New York Times Magazine, 2012 (caso Target y embarazo).
[4] Jonathan Haidt, The Anxious Generation, 2024.
[5] Facebook Papers / Frances Haugen (2021)
[6] UK Information Commissioner’s Office (ICO), Investigation into the use of data analytics in political campaigns, 2018; FTC v. Cambridge Analytica, 2019; cobertura de The Guardian.
[7] Eric Hobsbawm, The Age of Revolution: 1789–1848, Vintage Books, 1962.
[8] Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, c. 1930.
[9] Eva Illouz, Cold Intimacies; Consuming the Romantic Utopia;artículos sobre populismo emocional.