El Señor de los Anillos & la neutralidad de la tecnología
El mito del progreso y la vuelta a la naturaleza
Uno de los mitos más persistentes del pensamiento moderno es el de la neutralidad de la tecnología. La creencia de que las herramientas son meros instrumentos, indiferentes a los fines que persiguen, ha generado innumerables confusiones y fracasos políticos. No es una idea fácil de desmontar: su fuerza reside, precisamente, en lo intuitiva que resulta. De allí que suela ilustrarse con una imagen sencilla: la analogía del martillo. Esta dice lo siguiente. Un martillo se puede usar para construir una casa o para romperle la cabeza a tu vecino[1]. No es la tecnología en sí lo que determina el uso, sino el usuario.
El problema con esta analogía es que considera al martillo como un elemento aislado del resto del mundo y no se pregunta cómo este martillo ha llegado a ser y cómo es que esa persona consiguió uno para empezar.
Existe la idea de que la tecnología puede utilizarse para “empoderar” a los movimientos de insurgencia, que es posible apropiarse de las herramientas del adversario para organizarse y disputar poder. Cuando estos intentos fracasan, la explicación suele desplazarse hacia otros factores: una supuesta tecnofobia, una incapacidad de adaptación a los tiempos actuales. Sin embargo, el problema no reside simplemente en el uso de la tecnología. La trampa está en asumir su neutralidad: sin una mirada crítica sobre sus formas de producción y la filosofía que las sustenta, la tecnología termina reproduciendo las mismas relaciones que se pretende combatir.
Alguien que percibió esto mucho antes que buena parte de la teoría política moderna fue J. R. R. Tolkien. Las grandes obras de arte tienen esa capacidad: condensar las tensiones de su tiempo y hacerlas visibles incluso antes de que puedan formularse conceptualmente.
Desde ya quiero aclarar que esta no es la única interpretación posible de la obra. El Señor de los Anillos es una narración de enorme complejidad, con múltiples capas de sentido, que aborda múltiples dimensiones, desde lo religioso hasta lo político y lo ecológico. Sin embargo, en este artículo me voy a concentrar exclusivamente en la mirada de Tolkien sobre la tecnología.
Pero antes de meternos de lleno en la obra me gustaría que hablemos un poco sobre géneros literarios.
Fantasía y ciencia ficción
Quise empezar acá porque con El Señor de los Anillos Tolkien, en la práctica, inauguró la fantasía moderna como género[2].Que, a diferencia de “lo fantástico”, en donde en la cotidianidad se introduce un elemento exótico, mágico o surreal (como, por ejemplo, El retrato de Dorian Gray),Tolkien nos presenta un mundo completamente ajeno al nuestro, con sus criaturas, reglas y, sobre todo, historia propia.
Al hacer esto, el autor nos permite tomar distancia de los hechos y los personajes. Aunque estén encarnados en otras razas o criaturas, sus emociones, vínculos y formas de actuar son esencialmente humanas, y representan conflictos con los que el lector puede identificarse. En este sentido, el mundo fantástico funciona como una analogía del nuestro: al despojarlo de nuestra historia y nuestros símbolos, el autor logra dirigir la atención del lector hacia su mensaje. Esto es fundamental en la obra, porque lo que Tolkien tiene para decir no es una píldora fácil de tragar; expresado de forma directa generaría rechazo. Al mitologizar el mensaje, nos da tiempo y distancia para asimilarlo y procesarlo.
Por otro lado, El Señor de los Anillos comparte muchos elementos con la ciencia ficción. Esto se debe, en mi opinión, a que la tecnología cumple un rol central en la historia. En la ciencia ficción, una innovación tecnológica suele ser el motor narrativo: introduce nuevas posibilidades y obliga a los personajes a enfrentarse a sus consecuencias. Casi cualquier historia de viajes espaciales funciona así; el Enterprise en Star Trek, por ejemplo, es el dispositivo que pone en movimiento los acontecimientos.
En El Señor de los Anillos, los Anillos cumplen la función de una innovación tecnológica: son el elemento que pone en marcha los acontecimientos de la historia. No se presentan como “tecnología”, sino como magia, pero operan de manera análoga. Antes no existían; a partir de su creación, el mundo queda radicalmente transformado y los personajes se ven obligados a enfrentarse a una situación inédita.
La diferencia entre fantasía y ciencia ficción no reside tanto en los temas que tratan como en el modo en que los formulan. La ciencia ficción construye sus relatos alrededor de una innovación tecnológica y de sus efectos sobre el mundo. La fantasía, en cambio, levanta universos completos que operan como analogías del nuestro. Aun así, en ambos géneros la aparición de un elemento decisivo —técnico o mágico— produce una ruptura que reorganiza el orden existente. Lo que cambia no es el conflicto, sino el lenguaje con el que se lo expresa.
Los Anillos como tecnología
Si en la ciencia ficción la tecnología suele aparecer como una innovación explícita, en El Señor de los Anillos esa función está desplazada hacia la magia. Sin embargo, el mecanismo es el mismo: los Anillos introducen una ruptura en el mundo y reorganizan todas las relaciones de poder. Y, como toda tecnología decisiva, no lo hacen de manera neutral. En palabras de Elrond:
“Si alguno de los Sabios derrocara con este Anillo al Señor de Mordor usando sus propias artes, se sentaría entonces en el trono de Sauron, y aparecería otro Señor Oscuro. Y esa es otra razón por la que el Anillo debe ser destruido: mientras exista en el mundo será un peligro incluso para los Sabios”.[3]
Este es el conflicto central del libro: la Tierra Media está amenazada por el avance de Sauron y sus huestes, más poderosas que los pueblos libres. Sin embargo, utilizar sus propias armas no ofrece una salida: hacerlo implica reproducir su lógica y, con ella, la corrupción. El resultado sería el mismo. La única solución posible es destruir el Anillo. Pero para lograrlo hay que regresar a su origen, y es allí donde, una y otra vez, los héroes fracasan en desprenderse de la joya. Para entender qué es lo que Tolkien está señalando con este dilema, conviene repasar brevemente su historia.
La Gran Guerra
La Primera Guerra Mundial, o como también se la llamó, la Gran Guerra, es un punto de inflexión en la historia. El mundo se va a ver sacudido no solo con la nueva organización del mapa político, sino también con una sin antecedentes aceleración de los procesos productivos.
Esta guerra inauguró un tipo de conflicto radicalmente distinto, lo que luego se denominaría “guerra total”[4]. En los conflictos anteriores —como las guerras napoleónicas— la guerra seguía siendo, en gran medida, un asunto de ejércitos profesionales: la estrategia de los generales, la disciplina de las tropas y la maniobra en el campo de batalla eran decisivas. Las órdenes se transmitían desde posiciones elevadas y la guerra se resolvía, todavía, por la pericia humana.
En la Primera Guerra Mundial, en cambio, la máquina irrumpe en el centro del conflicto y desplaza al soldado como protagonista. La producción industrial, la artillería pesada y la capacidad de destrucción masiva pasan a determinar el curso de la guerra, independientemente del talento individual o la estrategia puntual.
En este tipo de guerra lo que primaba era la capacidad productiva de una nación; cualquier estrategia podía ser inundada a bombazos. Esto permitió que las naciones neoimperialistas que se habían desarrollado primero avanzaran contra los imperios que habían quedado rezagados. Pero al mismo tiempo mostró la importancia de la industrialización: ya no solo era una cuestión económica, sino una necesidad militar para sobrevivir.
Después de la Primera Guerra Mundial la industrialización fue no solo algo deseado, sino necesario, y mientras más rápido, mejor. En palabras de Stalin, el 4 de febrero de 1931: “Estamos entre cincuenta y cien años por detrás de los países avanzados. Debemos recorrer esta distancia en diez años. O lo hacemos, o nos aplastarán”.[5]
Tolkien tenía apenas 22 años cuando fue enviado al frente. Su estadía no fue larga, pero lo marcó profundamente: en 1916 estuvo destinado como oficial de señales en la Batalla del Somme, uno de los enfrentamientos más sangrientos de la historia, con más de un millón de bajas entre muertos y heridos. Aunque no combatió de forma directa durante mucho tiempo, la experiencia de la guerra de trincheras, la muerte de la mayoría de sus amigos cercanos y la enfermedad que lo obligó a regresar a Inglaterra lo marcaron profundamente. De ese impacto surgirían, años más tarde, muchas de las imágenes, temas y tensiones que darían forma a El Señor de los Anillos.
Tolkien había nacido en África, en una colonia británica, pero se mudó muy joven y pasó la mayor parte de su juventud en Sarehole, un pueblo al norte de Inglaterra, el cual utilizó para delinear la Comarca de los hobbits. La escena rural, casi feudal, de la Comarca; el repentino llamamiento a la guerra del héroe; la dinámica del buddy system, en la que dos soldados se cuidaban mutuamente y hacían misiones juntos; visitar tierras lejanas y conocer personajes de otras partes del mundo, son claras influencias de la guerra en la obra.
Pensado de esta manera, podríamos decir que lo que Tolkien entiende como Sauron es el nuevo mundo industrializado, la escalada militarista apoyada en una industrialización brutal, sin consideración por la naturaleza y las comunidades autóctonas. Para Tolkien no importaba quién ganase la guerra: el resultado sería el mismo, el mismo sistema, la misma forma de vida. Acabaría llegando incluso a su hogar y rompería para siempre las fibras sociales que tardaron siglos en construirse. Y si Sauron es el mundo industrial y globalizado del siglo XX, los Anillos son las máquinas que producen esa industria.
El Anillo Único y la individuación técnica
No sé si te pasó lo mismo, pero cuando leí los libros quedé algo decepcionado con el poder del Anillo Único: la joya que Sauron persigue con desesperación y que, en teoría, podría decidir el destino de la guerra. En la práctica, su uso parece reducido a un truco menor: volver invisible a quien lo porta, agudizar los sentidos y prolongar la vida. A fines prácticos, el Anillo dista mucho de ser el arma de destrucción masiva que uno imagina cuando los personajes giran a su alrededor como aves de rapiña. Esta aparente desproporción me llevó a preguntarme cuál es, en realidad, el verdadero poder del Anillo.
Repasemos un poco la historia del libro.
Sauron, disfrazado de Annatar, el Señor de los Dones, forjó los Anillos de Poder destinados a elfos, enanos y hombres; luego creó otro anillo, el Anillo Único, que los gobernaba a todos. El Anillo Único era, en este sentido, la función final del conjunto: el elemento que les otorgaba coherencia, poder y propósito. Al ser destruido el Anillo Único, los Anillos de Poder restantes perderían su eficacia y dejarían de sostener el mundo que habían ayudado a construir.
En este sentido, Tolkien puede leerse en diálogo con la noción de individuación técnica desarrollada por el filósofo francés Gilbert Simondon. En sus trabajos sobre la técnica[6], Simondon propone pensar a los objetos técnicos no a partir de su uso aislado, sino como sistemas definidos por la relación funcional entre sus partes y por su integración con un entorno específico. Es esta red de relaciones la que constituye al objeto técnico como un cuerpo coherente y lo individualiza como tal.
Un sistema de riego no es simplemente un conjunto de canales por donde corre agua. Para existir como sistema técnico necesita un terreno con determinada pendiente, una organización del trabajo que lo mantenga, un calendario agrícola y una distribución social del agua. El canal modifica el terreno, pero el terreno también determina la forma del canal. El sistema de riego no puede trasladarse intacto a otro lugar sin transformarse: se individúa junto con su entorno.
Los Anillos no son objetos aislados con poderes propios. Funcionan como un sistema técnico que se individúa junto con la Tierra Media: reorganizan reinos, jerarquías, economías y formas de vida. El Anillo Único no “hace cosas”; hace posible un mundo que no puede existir sin él.
Al aceptar los Anillos, los Pueblos Libres comenzaron a organizar su mundo en torno a ellos. Los Anillos los fortalecían y les permitían sostener formas de vida que, sin ese poder, no habrían sido posibles. Incluso los elfos, que lograron en parte contener su influencia corruptora, se volvieron dependientes: sin los Anillos, lugares como Lothlórien no podrían subsistir. Pero esta dependencia producía un efecto más profundo: un mundo en el que el poder mismo se volvía condición de existencia. Y el amo de ese poder es Sauron; más aún, Sauron y el Anillo Único son indistinguibles, porque ambos encarnan el mismo principio.
Esto puede sonar rebuscado, pero incluso Tolkien se encargó de dejar muy en claro este mensaje en la misma obra. Hay un capítulo bastante ignorado de El retorno del Rey, que no aparece en las películas y es raramente discutido, pero que en mi opinión es clave para entender lo que el autor nos está contando con respecto a esto.
El saneamiento de la Comarca
Saruman es, en cierto sentido, un pequeño Sauron, o más bien un aspirante a Sauron. Isengard es una copia a escala menor de Mordor. Incluso lo imita subido a su torre y obsesionándose con el palantír, buscando el Anillo.
En palabras de Bárbol:
“Saruman cree que sabe más que nosotros. Es muy sabio, demasiado sabio quizá; pero tiene una mente hecha de metal y ruedas, y no le importan las cosas que crecen, salvo en la medida en que le sirven por el momento.
Ahora se ha dedicado a las máquinas. Ha destruido muchos árboles, amigos míos, y los ha cortado sin pensar ni escuchar. No comprende que no se puede tratar así a las cosas vivas.
Tiene un odio particular por todo lo que no puede dominar. Y no se contenta con aprender de Sauron: está empezando a imitarlo. No hay diferencia entre ellos, salvo que Saruman es más pequeño”.[7]
Luego de la marcha de los ents, Saruman es derrotado, pero a diferencia de las películas no muere allí; es, en cambio, exiliado con su sirviente Lengua de Serpiente. Escapa repartiendo improperios y amenazas, amenazas que cumplirá más adelante. En esos momentos los héroes tienen que prepararse para la batalla final contra las huestes del mal y Saruman es olvidado. Pero luego de derrotar a Sauron, los hobbits vuelven a la Comarca para encontrarla cambiada.
Acá me gustaría hacer un paréntesis para hablar de la hierba de pipa. Este producto regional hobbit es una especie de tabaco, cultivado principalmente en la Comarca. Los hobbits viven en una sociedad preindustrial, diría hasta feudal, pero con mucha más libertad. Esto quiere decir que cada hobbit posee una porción de tierra y allí debe cultivar su propio alimento; además, deben producir sus ropas, sus herramientas, etc. Esto se traduce en que el excedente productivo de los productos hobbit es escaso: primero producen para su consumo interno y recién después de que sus necesidades son cubiertas pueden exportar algo.
Esto convierte a la hierba de pipa en un producto escaso y altamente valorado, no por su exotismo, sino por las condiciones materiales que hacen posible su existencia. Solo quienes viven en la Comarca o mantienen un vínculo directo con los hobbits tienen acceso regular a ella, como Aragorn o Gandalf. Incluso en Bree, el asentamiento humano más cercano, es difícil de conseguir, y en Gondor su existencia es conocida apenas por rumores.
Para un industrialista como Saruman, esto significaba un gran negocio: mucha demanda y poca oferta. Por lo tanto, Saruman complota (usando el pseudónimo de Sharkey) para maximizar la producción de hierba de pipa en la Comarca. Para esto, lo que hace es instalar una fábrica, una tabaquera.
“El viejo molino había desaparecido. En su lugar había ahora un gran edificio de ladrillo, con una alta chimenea, y de ella salía un humo negro”.[8]
La fábrica de Saruman producía hierba de pipa a una escala inédita para la Comarca. Para sostenerla, fue adquiriendo las tierras de los hobbits y reemplazando los cultivos diversos por un monocultivo orientado a la producción. Antes, los hobbits eran campesinos autosuficientes; ahora pasaban a trabajar para la fábrica, especializados en tareas parciales: unos cortaban las plantas, otros las procesaban, otros las distribuían. La necesidad de mano de obra atraía incluso a hobbits y hombres venidos de otras regiones, alterando profundamente la composición social de la Comarca.
“Habían construido muchas casas nuevas, todas iguales, largas hileras de viviendas de ladrillo, mal hechas y sin ningún gusto, apiñadas unas contra otras. No tenían jardines, ni árboles alrededor, ni setos; nada que agradara a un hobbit”.[9]
Y más adelante:
“Algunas estaban ocupadas por gentes venidas de lejos, y otras por hobbits que habían aceptado las nuevas normas y trabajaban para los Hombres de Sharkey [Saruman]”.[10]
Todos estos cambios generaban mucho descontento y la resistencia no se hizo esperar; por lo tanto, Saruman se vio necesitado de ejercer la violencia tanto con elementos internos (policía hobbit) como con fuerzas de ocupación (rufianes humanos).
“Antes los Vigilantes servían para ayudar a los hobbits a encontrar animales perdidos o apagar incendios; ahora servían para multar, arrestar y molestar”.[11]
Así es como Tolkien, a través de la figura del “pequeño Sauron”, muestra cómo opera la relación entre máquina y entorno a escala local. La fábrica no solo se instala en un ambiente: lo transforma y lo reconfigura para poder funcionar. En ese proceso queda ligada a un sistema específico de relaciones sociales: propiedad privada, especialización del trabajo, movilidad de la mano de obra y monopolio de la fuerza.
Este capítulo es clave para comprender la relación Anillos–Sauron como una analogía de la relación tecnología–capitalismo. La tecnología no es neutral porque necesita un entramado particular de relaciones sociales y ambientales para existir como tal. No puede simplemente trasladarse a otras formas de organización: para hacerlo, es necesario modificarla desde su concepción.
El Monte del Destino
Si hay algo de lo que podemos estar seguros es de que Tolkien otorgaba una enorme importancia a las palabras. No solo por su formación como lingüista, sino porque concebía el lenguaje como el resultado de una historia. Para él, cada palabra acumulaba capas de sentido. Ningún nombre propio en LOTR es azaroso: todo está cuidadosamente elegido y cargado de intención. Y, por supuesto, esto no podía ser distinto en el caso del lugar donde se forjó el Anillo.
LOTR es una narración épica con un trasfondo profundamente cristiano y escatológico, donde las fuerzas del bien se enfrentan a las del mal. Estas fuerzas pueden leerse también a partir de su relación con la naturaleza. Los pueblos que permanecen más cerca de lo que podríamos llamar lo “armónico” —elfos, ents y hobbits— se vinculan con ella desde el cuidado y el respeto, mientras que las fuerzas asociadas al mal —orcos, trolls y, en ciertos aspectos, otras razas— tienden a despreciarla o a someterla. Los humanos, en cambio, ocupan un lugar intermedio: algunos resisten la corrupción de los Anillos y otros sucumben a ella.
Esta situación de resistencia a la corrupción el autor la representa con algunas dualidades de personajes, personajes que funcionan como espejos: Gandalf–Saruman, Théoden–Denethor, Boromir–Aragorn y, de forma especialmente trágica, Frodo–Gollum. En otras palabras, lo que estas parejas están representando es en lo que podrían convertirse si siguieran el camino que les ofrece el Anillo; En ese sentido, sucumbir a la tentación del Anillo encarna una tensión entre perdición y destino, una forma ambigua de “doom” (original en inglés) que combina elección, condena y juicio.
El Anillo Único debe ser destruido en su origen, allí donde fue concebido. Para hacerlo es necesario recorrer todo el camino de regreso hasta el núcleo del problema. Y ese núcleo no es la máquina o la industria, sino una idea más profunda: la creencia de que el ser humano puede controlar y dominar la naturaleza. Es eso lo que Tolkien señala cuando insiste en que hay que volver al origen. También por eso los personajes se resisten a desprenderse del Anillo una vez que llegan allí: lo que se les exige no es un gesto heroico, sino una renuncia. Renunciar a la idea de progreso ilimitado, aceptar que existen límites y que, al insistir en cruzarlos, no solo se rompe el equilibrio del mundo, sino también las condiciones que hacen posible la vida en él.
Pero la idea de progreso es profundamente tentadora. No solo nos sitúa por encima del resto de la historia humana —una posición cómoda—, sino que además nos promete una certeza sobre el futuro, una confianza que, como dirían los antiguos griegos, es hybris. Para empujarnos hasta el final de ese razonamiento, Tolkien nos ofrece un espejo: uno que no solo refleja, sino que también se adelanta en el tiempo y nos muestra en qué podemos convertirnos si seguimos aferrados a esa idea.
Es Gollum quien cae finalmente con el Anillo en la Grieta. Una vez recuperado, Frodo dice:
“¿Pero recuerdas las palabras de Gandalf? ‘Hasta Gollum puede aún tener algo que hacer’. Si no hubiera sido por él, Sam, yo no habría podido destruir el Anillo. Y el amargo viaje habría sido en vano, justo al fin”.[12]
Una última reflexión
Podemos o no estar de acuerdo con la solución que Tolkien propone al problema de la tecnología; de hecho, hay aspectos profundamente controversiales en su obra. No solo la idealización de la naturaleza como un orden armónico, sino también la restauración de un mundo que se afirma mediante la eliminación total del enemigo ha generado lecturas incómodas.
“En su tiempo, los últimos restos de los orcos fueron perseguidos y destruidos”.[13]
Si aceptamos que los orcos se reproducen de la misma manera que los humanos, esto significa también mujeres y niños.
Pero donde Tolkien da en el clavo es en la necesidad de repensar la tecnología: no solo en función de los problemas que promete resolver, sino atendiendo a las relaciones y los entornos que produce, y, sobre todo, a aquello en lo que nos convierte.
La tecnología no es solo una herramienta: es una forma de habitar el mundo.
Besis
Saico.
Referencias
[1] Evgeny Morozov, To Save Everything, Click Here, PublicAffairs, 2013. ↩
[2] Tom Shippey, J. R. R. Tolkien: Author of the Century, HarperCollins, 2000. ↩
[3] J. R. R. Tolkien, La Comunidad del Anillo, traducción de Luis Domènech, Libro II, capítulo II (“El Concilio de Elrond”), Minotauro, ISBN 978-950-547-067-9. ↩
[4] Eric Hobsbawm, The Age of Empire: 1875–1914, Vintage, 1987. ↩
[5] Iósif Stalin, “Sobre las tareas de los dirigentes económicos”, discurso pronunciado el 4 de febrero de 1931, en Works, vol. 13, Foreign Languages Publishing House, Moscú, 1954. ↩
[6] Gilbert Simondon, Du mode d’existence des objets techniques, 1958. ↩
[7] J. R. R. Tolkien, Las Dos Torres, traducción de Luis Domènech, Libro III, capítulo IV (“Barbol”), Minotauro, ISBN 978-950-547-065-5. ↩
[8-9-10-11] J. R. R. Tolkien, El Retorno del Rey, traducción de Luis Domènech, Libro VI, capítulo VIII (“El saneamiento de la Comarca”), Minotauro, ISBN 978-950-547-066-2. ↩
[12] J. R. R. Tolkien, El Retorno del Rey, Apéndice A, Minotauro, ISBN 978-950-547-066-2. ↩
[13] J. R. R. Tolkien, El Retorno del Rey, traducción de Luis Domènech, Libro VI, capítulo III (“El Monte del Destino”), Minotauro, ISBN 978-950-547-066-2. ↩