Zombies y el miedo a ser reemplazados
Un mundo que ya no nos necesita
Los monstruos no nacen del vacío. Aparecen cuando una sociedad necesita darle forma a aquello que no termina de comprender o de controlar. Funcionan como dispositivos simbólicos: condensan miedos dispersos y los vuelven visibles. A diferencia de una fobia, que se fija en un objeto preciso, el monstruo reúne una constelación de angustias que cambian con el tiempo y que dicen más sobre la época que sobre quienes le temen.
Los vampiros y los fantasmas nos han acompañado durante siglos, pero hay figuras que pertenecen de manera más clara a la modernidad. El zombie es una de ellas. No surge de mitologías remotas ni de fuerzas sobrenaturales ancestrales, sino de un mundo que ya se percibe a sí mismo como inestable, acelerado y transformado por sus propias creaciones. A diferencia del vampiro, que pertenece a una tradición aristocrática y preindustrial, o del fantasma, que todavía responde a lógicas religiosas sobre el más allá, el zombie nace en el corazón de la sociedad de masas. Aparece cuando la producción en serie, los medios de comunicación y la urbanización ya han reorganizado la vida colectiva. No es una criatura solitaria ni sofisticada: es anónima, repetitiva, intercambiable. Es, en ese sentido, profundamente moderna. Si otros monstruos encarnaban el miedo a lo desconocido, el zombie encarna un temor más reciente: el miedo a volverse innecesario.
Anatomía de un zombie
El término “zombie” proviene del Caribe y de tradiciones vinculadas al vodou haitiano [1], donde se designa a un cuerpo privado de voluntad. Sin embargo, el zombie que hoy reconocemos se aparta considerablemente de ese origen. Su forma contemporánea se consolida en el cine del siglo XX, especialmente a partir de La noche de los muertos vivos (1968), de George Romero. Allí deja de ser una figura ritual para convertirse en un fenómeno colectivo, urbano y material.
Si dejamos de lado las variaciones del género y buscamos su núcleo, el zombie moderno puede reducirse a algunos rasgos estructurales:
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Es un no-muerto: está animado, pero ya no pertenece plenamente al mundo de los vivos. Funciona, se mueve, persiste, aunque ha quedado fuera del orden social.
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Se multiplica: su condición no es excepcional ni individual: se expande. Lo que comienza como un caso aislado se convierte rápidamente en fenómeno colectivo.
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Es intercambiable: su amenaza no reside en la singularidad, sino en la repetición. No importa quién era antes; ahora es uno más dentro de la masa.
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Es producto de procesos humanos que se desbordan: en sus versiones modernas, su aparición suele estar ligada a accidentes científicos, desarrollos tecnológicos o sistemas que escapan al control.
Estos rasgos no describen solamente a una criatura de ficción. Dibujan una figura profundamente contemporánea: cuerpos activos pero prescindibles, reproducibles, generados por la propia dinámica de la sociedad moderna. El zombie no es un vestigio del pasado mítico; es una imagen nacida de nuestras propias transformaciones.
Cuando el progreso deja de incluirnos
Durante buena parte del siglo XX, el avance tecnológico se narraba como una promesa de expansión colectiva. Las máquinas asumirían las tareas más pesadas o repetitivas y permitirían que el trabajador se desplazara hacia funciones más creativas, más calificadas y mejor remuneradas. Esa confianza atraviesa gran parte de la ciencia ficción de mediados de siglo. En Star Trek (1966), la automatización no desplaza a la humanidad, sino que la libera para explorar el cosmos. En las visiones de Arthur C. Clarke, la tecnología amplía la conciencia y las posibilidades de la especie. Incluso cuando aparece una inteligencia artificial como HAL 9000 en 2001: A Space Odyssey (1968), el conflicto no anula la promesa general del progreso; la expansión sigue siendo el horizonte.
A medida que avanzan las décadas, ese imaginario se oscurece. En obras posteriores como Blade Runner (1982), The Matrix (1999) o Ex Machina (2014), la tecnología ya no es simplemente herramienta de ampliación, sino instancia de sustitución o simulación. Los replicantes no solo ayudan: compiten. La inteligencia artificial amenaza con reemplazarnos. El conflicto deja de ser cómo utilizar la máquina y pasa a ser cómo evitar volverse irrelevante frente a ella.
Este desplazamiento cultural acompaña un cambio material. En un contexto de creciente competencia global y presión por maximizar eficiencia, la automatización deja de orientarse exclusivamente a potenciar al trabajador y comienza, en muchos casos, a orientarse a reemplazarlo. Ya no se trata solo de producir mejor con ayuda de máquinas, sino de producir con menos intervención humana. La narrativa del progreso se transforma: de promesa de integración a posibilidad de exclusión.
Lo que cambia no es simplemente la presencia de tecnología, sino el marco en el que se integra. El progreso deja de garantizar inclusión. La innovación puede ahora redefinir qué cuerpos son necesarios dentro del sistema y cuáles comienzan a volverse superfluos.
El no-muerto y la obsolescencia
El rasgo más inquietante del zombie es su condición de no-muerto. A diferencia del vampiro o del fantasma, que conservan voluntad, memoria o intención, el zombie de La noche de los muertos vivos o de The Walking Dead camina sin proyecto. Está animado, pero ya no pertenece. En Dawn of the Dead, los zombies deambulan por un centro comercial, como si una memoria residual los llevara allí; ocupan el espacio, pero ya no participan de él. Esa es la clave del no-muerto: un cuerpo que ha perdido su función.
El zombie no es simplemente un desempleado: es alguien obsoleto. Cuando una tarea se automatiza o una habilidad deja de ser requerida, el cuerpo no desaparece; desaparece su lugar. Como el no-muerto, sigue en movimiento, pero ha sido expulsado del circuito que organiza el sentido. No está muerto, pero ya no cuenta.
El zombie, además, no es una anomalía individual; se multiplica. En 28 Days Later, en Train to Busan, el contagio es vertiginoso. Un zombie individualmente no constituye una amenaza, sino su expansión. De manera similar, la sustitución tecnológica rara vez afecta a una sola persona. Cuando un proceso se automatiza, cuando un software reemplaza una función, el desplazamiento es colectivo. La obsolescencia no es un fracaso personal; es un fenómeno estructural.
Otro rasgo inquietante es su intercambiabilidad. En las hordas de The Walking Dead o en las masas anónimas de World War Z, ningún zombie es distinto del otro. No importa quién fue: médico, maestro, obrero. La singularidad se borra. Esa pérdida de especificidad resuena con la lógica contemporánea de estandarización y reemplazo. Las tareas se fragmentan, se parametrizan, se vuelven transferibles. Lo que se pierde no es solo un puesto, sino la idea de que cada trayectoria es irreemplazable.
Finalmente, el origen del brote rara vez es sobrenatural. En Romero se sugiere radiación; en 28 Days Later, un experimento científico; en Resident Evil, una corporación biotecnológica; en World War Z, una pandemia global de origen incierto pero material. El desastre no proviene de un demonio medieval, sino de procesos humanos que se descontrolan. La amenaza surge del mismo impulso que prometía progreso.
Durante buena parte del siglo XX, los avances tecnológicos eran narrados como promesa de mejora colectiva. El viaje a la luna, la energía nuclear, la informática temprana encarnaban una confianza en que el desarrollo ampliaría las posibilidades humanas. En el imaginario zombie, en cambio, la innovación aparece como riesgo: experimento fallido, virus liberado, sistema fuera de control. La tecnología deja de ser garante de bienestar y se convierte en fuente potencial de exclusión o catástrofe.
La zombificación puede leerse entonces como una radicalización de la alienación[2]. No solo estamos separados del fruto de nuestro trabajo; podemos quedar separados del sistema que lo organiza. El no-muerto es la imagen extrema de ese desplazamiento: un cuerpo que sigue funcionando en un mundo que ya no lo necesita.
El fetiche del colapso
En casi todas las ficciones de zombies, el mundo ya ha caído. La electricidad es intermitente o inexistente, las cadenas de suministro se han roto, las ciudades son ruinas. Los personajes sobreviven con recursos mínimos: armas improvisadas, alimentos enlatados, refugios precarios. Lo que raramente vemos es la reconstrucción efectiva de una infraestructura compleja. Nadie sabe cómo reactivar una red eléctrica, cómo coordinar la producción industrial o cómo restablecer un sistema de telecomunicaciones global. La sociedad contemporánea depende de un entramado técnico tan abstracto y especializado que su pérdida revela nuestra incapacidad para rehacerlo.
La fantasía del colapso no solo expresa miedo a la destrucción, sino también a nuestra dependencia. Vivimos en un entorno tecnológico cuya complejidad excede la experiencia individual. Usamos dispositivos que no sabemos producir, consumimos energía que no sabemos generar y habitamos sistemas cuya complejidad apenas comprendemos. En ese sentido, el apocalipsis zombie no solo expone la fragilidad del mundo, sino la fragilidad de nuestra autonomía dentro de él.
Al mismo tiempo, el colapso introduce algo paradójico: una pausa. En un mundo devastado ya no hay métricas, ni actualizaciones, ni competencia constante. No hay necesidad de reinventarse cada año ni de adaptarse a la próxima transformación tecnológica. La aceleración se detiene. El terror convive con una forma de alivio: si todo se ha derrumbado, nadie puede volverse obsoleto. La presión por mantenerse vigente desaparece junto con el sistema que la producía.
El apocalipsis no es solo una catástrofe; es también una fantasía de interrupción. En lugar de imaginar una reorganización gradual del orden social, imaginamos su destrucción total. Mark Fisher describe este fenómeno como una característica del realismo capitalista[3]: resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del sistema que lo organiza. Cuando el relato del progreso deja de ofrecer una promesa creíble de mejora y la imaginación colectiva no encuentra una alternativa estructurada, solo puede concebir la ruptura absoluta.
En ese marco, el zombie cumple una función ambivalente. Representa el fracaso de nuestras propias dinámicas tecnológicas y productivas, pero también encarna la suspensión de la lógica que nos vuelve reemplazables. Nos aterra porque muestra un mundo fuera de control; nos atrae porque, en ese mundo detenido, ya no hay que competir contra la próxima innovación.
El colapso, entonces, no es únicamente un miedo. Es la expresión de una dificultad más profunda: si no podemos imaginar una transformación del sistema que nos vuelve prescindibles, solo podemos imaginar su final.
Recuperar el futuro
El zombie es un cuerpo que continúa cuando el sentido ha desaparecido.
Fisher veía en Joy Division la expresión de una pérdida de control que no estalla[4], sino que se automatiza. She’s Lost Control no describe un colapso espectacular, sino un proceso que sigue su curso mientras el sujeto queda al margen. La experiencia contemporánea de la tecnología se parece más a ese ritmo que a una explosión: sistemas que operan con lógica propia, innovaciones que avanzan más rápido que nuestra capacidad de integrarlas.
El apocalipsis zombie ofrece una fantasía clara: detenerlo todo. Sin sistema, no hay obsolescencia. Sin carrera, no hay reemplazo. El colapso simplifica lo que la complejidad vuelve insoportable.
La tecnología no descarta cuerpos por sí sola; son decisiones humanas —económicas y organizativas— las que orientan la innovación hacia la sustitución. La máquina no elige reemplazar; lo hace el marco que la gobierna.
El zombie es el reflejo de una promesa que se invierte: aquella que anunciaba que la tecnología nos liberaría del trabajo repetitivo y ampliaría nuestras posibilidades, y que termina produciendo la angustia de ser desplazados por aquello mismo que debía emanciparnos. Persistir en un mundo que ya no nos necesita es el reverso oscuro del progreso.
Recuperar el futuro exige disputar el modo en que decidimos qué significa avanzar y qué debe quedar atrás. Si el zombie encarna el fracaso de una promesa, imaginar el futuro implica negarse a aceptar que esa inversión sea inevitable.
El problema no es que el mundo termine, sino que pueda continuar sin nosotros.
Besis, Saico
Referencias
[1] American Zombie Gothic: The Rise and Fall (and Rise) of the Walking Dead in Popular Culture. 2010. ↩
[2] Marx, Karl. Manuscritos económico-filosóficos de 1844. Madrid: Alianza Editorial. ↩
[3] Fisher, Mark. Capitalist Realism: Is There No Alternative? Winchester: Zero Books, 2009. ↩
[4] Fisher, Mark. Ghosts of My Life: Writings on Depression, Hauntology and Lost Futures. Winchester: Zero Books, 2014. ↩