Dobles digitales
El miedo al futuro
De todos los monstruos, mi favorito, es el doble, o “doppelgänger”, en su versión original en alemán[1]. Lo que me gusta de este monstruo es su crudeza, el monstruo no es otro que uno mismo. El doppelgänger se desprende de una simple regla física, dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio. Cuando uno se encuentra con su doble no hay otra solución, uno de los dos debe morir. Existen muchos tipos de dobles, y si hilamos fino podríamos decir que siempre ha habido historias de duplicados. Desde el folclore europeo con la figura del “changeling”, donde una criatura idéntica reemplaza a un niño, hasta formas más modernas como clones, cambiadores de forma o usurpadores de cuerpo. Pero el doppelgänger victoriano es un tipo particular de doble, no se trata de un otro que nos imita, es un desdoblamiento de uno mismo. En estas historias, el protagonista y su doble no son dos entidades separadas, sino una misma identidad escindida que lleva una doble vida. Por lo general, al eliminar uno, desaparece el otro.
Hay varias razones por las cuales nuestro presente se parece al final del siglo XIX: la aceleración tecnológica, el sentimiento de fin de época, la creciente desigualdad social, la amenaza de conflictos globales. En este sentido, tanto el hombre victoriano como el contemporáneo comparten un mismo temor: el miedo al futuro. Pero no solo a lo que puede venir, sino a aquello en lo que debemos convertirnos para adaptarnos.
En “El otro” de Borges se puede reconocer esta relación del doble con el yo del futuro. Si bien no es una historia de dobles victoriana o convencional, allí el autor narra cómo una tarde sentado a orillas del río Charles, en Boston, tiene un encuentro con su joven “yo”, en un desdoblamiento temporal. Solo para darse cuenta cuánto ha cambiado y cuánto se desprecian uno al otro.
Medio siglo no pasa en vano. Bajo nuestra conversación de personas de miscelánea lectura y gustos diversos, comprendí que no podíamos entendernos. Éramos demasiado distintos y demasiado parecidos. No podíamos engañarnos, lo cual hace difícil el diálogo. Cada uno de los dos era el remedo caricaturesco del otro. La situación era harto anormal para durar mucho más tiempo. Aconsejar o discutir era inútil, porque su inevitable destino era ser el que soy.[2]
Dios ha muerto
Cuando Nietzsche anuncia la muerte de Dios en Así habló Zaratustra (1883–1885), en realidad está describiendo un proceso que ya llevaba tiempo en marcha. La Ilustración, la Revolución francesa, la consolidación de la teoría germinal de la enfermedad a partir de los trabajos de Louis Pasteur y Robert Koch, la teoría de la evolución darwiniana y la expansión de la educación laica fueron algunos de los hitos que desplazaron las explicaciones religiosas del mundo en favor de modelos racionales y materiales.
Esto generó una inquietud profunda en el hombre victoriano: la sospecha de que, sin una instancia moral externa, el individuo quedaría librado a sus más bajos impulsos. Esa inquietud encuentra una de sus formas más claras de expresión en las historias de doppelgängers. En Dr Jekyll y Mr Hyde (1886), el doctor inventa una pócima que libera su lado libertino e inmoral que habia mantenido reprimido toda su vida. En “El retrato de Dorian Gray” (1890), Dorian puede vivir una vida de excesos mientras es su retrato el que paga las consecuencias.
Pero es, a mi entender, en El doble (1846) de Dostoievski donde este temor se expresa con mayor claridad. Goliadkin, un burócrata incapaz de adaptarse a las nuevas normas sociales de un imperio en proceso de modernización, se enfrenta a un mundo de interacciones sutiles y códigos tácitos que no logra dominar. Esta forma de vida, hoy completamente naturalizada, era en su momento relativamente nueva: el crecimiento del aparato estatal y la profesionalización de la administración exigían un tipo de sujeto distinto, capaz de manejar jerarquías impersonales, formalidades estrictas y relaciones mediadas por reglas no siempre explícitas. Al fracasar y ser progresivamente aislado de su entorno, y con ello frustradas sus aspiraciones de ascenso social, su identidad comienza a resquebrajarse. Es en ese punto, bajo la nevada de San Petersburgo, donde aparece su doble, una versión deformada y excesivamente adaptada de sí mismo.
“De pronto se detuvo, como si algo lo hubiera retenido. Le pareció que todo en él se desordenaba, que algo se había desplazado en su interior. Dio unos pasos a un lado, casi sin darse cuenta, y miró a su alrededor con inquietud.No sabía por qué, pero sentía claramente que aquello no podía seguir así, que algo extraño, ajeno a él, estaba a punto de ocurrir”.[3]
Hiperadaptación
Este nuevo Goliadkin es igual en todo al viejo Goliadkin excepto que carece de moral, está hiperadaptado. Es una encarnación perfecta y grotesca de las reglas del sistema, una versión de sí mismo completamente alineada con el mundo que lo rechaza. Tiene todo lo que se necesita para triunfar en la nueva vida de oficina. Se acredita el trabajo de compañeros, es salamero con los jefes, seduce a la hija de un alto mandatario y menosprecia y maltrata a aquellos que están por debajo de él, que irónicamente, es también el mismo.
Si un fantasma es nuestro miedo a nuestro pasado, a aquello que no se ha resuelto y vuelve para atormentarnos, el doble es su reverso, es el miedo al futuro, a nosotros mismos del futuro, a un mundo que cambia de manera vertiginosa y nos fuerza a modificar nuestros valores. Un futuro de promesas rotas, de posibilidades perdidas.
En “El Horla” (1887), Guy de Maupassant lo retrata perfectamente. Al reconocer al Horla como el futuro de la humanidad el héroe reza:
“Se podría decir que la mariposa es una flor que vuela. Yo sueño con una que sería tan grande como cien universos, con alas cuya forma, belleza, color y movimiento ni siquiera yo puedo describir. Pero lo veo… va de estrella a estrella, refrescándolas y perfumándolas con el soplo armonioso y ligero de su vuelo… Y los pueblos que allí habitan la miran pasar, extasiados, maravillados… ¿Qué es lo que tengo? Es el Horla que me hechiza, que me hace pensar esas locuras. Está en mí, se convierte en mi alma. ¡Lo mataré!”. [4]
La intimidad intervenida
La amenaza del doble es que intenta reemplazarnos, el doble quiere nuestra vida. Pero lo inquietante no es esa sustitución en sí, sino lo que implica. El doble no solo aparece, sino que se instala en los espacios más íntimos y los reorganiza a su manera. Y esa manera nos resulta insoportable, pero lo insoportable no es tanto lo que hace sino vernos a nosotros haciéndolo, es la idea de que los demás nos confundan con él, que crean que somos así como es el otro.
Hoy el doble está reapareciendo conspicuamente en los medios. Esto, en mi opinión, es debido a que nos enfrentamos a un proceso parecido al que sucedió a fines del siglo XIX, nuestra vida íntima está siendo modificada y eso nos produce un malestar, una incomodidad. Nos estamos convirtiendo en otra versión de nosotros mismos.
Hoy en día la carrera de las grandes tecnológicas es la apropiación del bien común, la última frontera del capitalismo. Este bien común, como lo definen Antonio Negri y Michael Hardt[5], no es “lo público” ya que esto pertenece al Estado, sino todas aquellas interacciones que no son mediadas por ningún ente. Hacer fila en una parada de colectivo es un bien común, está autoorganizado a un nivel que no es necesario siquiera regular. Aplicaciones como Instagram, Netflix o Spotify compiten por apropiarse de ese bien común. Antes, gran parte de nuestra vida social y de nuestra construcción identitaria ocurría en espacios no mediados: encuentros cara a cara, círculos sociales, intercambios espontáneos. Hoy, esas dinámicas están crecientemente canalizadas por plataformas. En el caso de Instagram, no solo compartimos experiencias, sino que las producimos y editamos en función de una lógica de visibilidad, curando una versión de nosotros mismos para ser consumida por otros. Las aplicaciones no solo compiten entre sí, sino por capturar esos espacios que antes se autorregulaban socialmente. La competencia de Netflix no es HBO, sino tu tiempo de sueño, el tiempo con amigos, o incluso la atención que podrías dedicar a tu propia vida fuera de la pantalla.[6] Las plataformas digitales están invadiendo nuestra intimidad, cada vez más, los pequeños espacios auto regulados por convenciones sociales están siendo mediados por una aplicación. Pero estas aplicaciones están regidas por necesidades de mercado y poseen dinámicas ocultas que están modificando profundamente cómo nos relacionamos entre nosotros.
Vivir como imagen.
Cuando estas plataformas se apropian del bien común no solo median nuestras interacciones, sino que comienzan a moldearlas. En ese proceso no solo cambian nuestras prácticas, sino que producen una versión de nosotros mismos adaptada a sus reglas. Ese es el verdadero doble digital: una identidad optimizada para funcionar dentro del sistema.
Pongamos por ejemplo Tinder, la aplicación de citas más popular de este lado del mundo. Tinder es un caso en donde una práctica social desregulada se ha vuelto completamente transformada por una aplicación. Al punto de que las interacciones que anteriormente eran aceptables e incluso deseables, hoy en día se ven con malos ojos. Tinder se ha vuelto la nueva norma, y acercarse personalmente a un extraño es la excepción. No sabemos con certeza cuáles son los algoritmos que rigen Tinder, son secretos de la compañía, pero algunos investigadores han intentado descifrar cuáles son las dinámicas que están detrás de estos.[7] Lo que han notado es que Tinder tiende a empujar a los usuarios a que adquieran su versión premium, siendo su modelo de negocio “freemium” queriendo decir que hay un servicio gratuito y luego otro pago y exclusivo. El algoritmo de Tinder está pensado para manejar la frustración de los usuarios, manteniéndolos suficientemente satisfechos como para que no se vayan de la aplicación, así como lo suficientemente insatisfechos como para considerar pagar por un servicio especial. Esto produce algunos caminos oscuros que pueden llevar al usuario a baneos suaves, agotamiento de citas o dismorfia corporal. Al estar ocultos el usuario termina pensando que fracasa, no porque el sistema tiene intereses distintos y a veces opuestos (a Tinder no le conviene que consigas pareja estable, por ejemplo), sino por sus propias falencias. Al igual que el burócrata de Dostoievski, al experimentar un fracaso que lo aísla, el usuario, o sea, nosotros, también creamos la imagen de un doble. Un Chad, un individuo exitoso y próspero que se ha adaptado a las nuevas dinámicas de la vida digital, un doble digital.
Así, nuestros avatares digitales no son simplemente nuestra presencia digital, son mejores que nosotros, más adaptados, y como un doppelgänger amenazan con ir reemplazándonos lentamente por completo. A medida que las aplicaciones van ganando territorio en nuestra intimidad también ese doble digital va haciéndose cada vez más y más importante. Restaurantes y cafés que diseñan sus platos y espacios pensando en cómo se verán en Instagram aun a costa de la calidad del producto final, conciertos donde el público se la pasa filmando, pensar actividades porque son tendencia, horarios que se ajustan al algoritmo. La vida cotidiana empieza a organizarse según qué tan “posteable” resulte. La experiencia directa es reemplazada por su representación digital.
El espejo negro
Esta disonancia cognitiva entre nosotros y nuestras presencias online se vuelve cada vez más visible en la cultura. El doppelgänger actual no es un doble físico, sino una representación en la pantalla. En The Substance, la protagonista no se enfrenta a su doble cara a cara, sino a través de su propia imagen en la televisión, observándose desde afuera. No hay una interacción directa con el otro, sino que es diferida y mediada por la tecnología. En Severance, la identidad se divide en dos versiones incomunicadas, cada una confinada a un ámbito específico de la vida, cuando se hablan lo hacen a través de cámaras. En Black Mirror, el doble es directamente contenido que los demás consumen como en “Joan is Awful”. No es casual el nombre: el “espejo negro” remite a la superficie apagada de una pantalla, donde esta nos devuelve la mirada.
Lo que no terminamos de ver
El doble digital es una versión de nosotros mismos producida por sistemas cuyas reglas no terminamos de ver. No siempre están ocultas de forma deliberada; a veces simplemente exceden a quienes las construyen. En ese espacio, comenzamos a ajustarnos sin saber con precisión a qué lógica respondemos. Cada vez que insertamos una solución tecnológica en nuestra intimidad, en el bien común, estamos necesariamente cambiándolo. El malestar no es el resultado de un fracaso individual, es información de que algo no funciona del todo correctamente, la sensación de que algo en nosotros se reorganiza sin que podamos nombrarlo del todo. Es importante que haya espacios para conversar sobre estos temas e investigar estos patrones. Quizás el primer paso no sea corregirlo, sino detenerse a mirarlo.
Besis, Saico
Referencias
[1] La primera aparición del termino doppelgänger es el libro Aleman de Siebenkäs de Jean Paul publicado entre 1796 y 1797. ↩
[2] Borges, Jorge Luis. «El otro». En El libro de arena. Buenos Aires: Emecé Editores, 1975. ↩
[3] Dostoievski, Fiódor. El doble. San Petersburgo: Otechestvennye Zapiski, 1846. ↩
[4] Maupassant, Guy de. «El Horla». En El Horla y otros cuentos fantásticos. París: Paul Ollendorff, 1887. ↩
[5] Hardt, Michael y Negri, Antonio. Commonwealth. Cambridge: Harvard University Press, 2009. ↩
[6] Courtois, Cédric y Timmermans, Elisabeth. «Cracking the Tinder Code: An Experience Sampling Approach to the Dynamics and Impact of Platform Governing Algorithms». Journal of Computer-Mediated Communication, vol. 23, núm. 1, enero de 2018, pp. 1–16. https://doi.org/10.1093/jcmc/zmx001 ↩
[7] Sulleyman, Aatif. «Netflix Says Sleep Is Its Biggest Competition». The Independent, 19 de abril de 2017. independent.co.uk ↩