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Romae omnia venalia sunt

Hace unos años la internet descubrió que los hombres piensan en el Imperio romano con una frecuencia desconcertante. De ahí nació el chiste de que cuando alguien tiene una obsesión particular e inesperada por un tema, se dice que ese tema es “su Imperio romano”. Si bien el chiste asume que esa obsesión es exclusivamente masculina, me gustaría hacer una defensa en contra: este es el caso de Suzanne Collins, la autora de Los juegos del hambre.

La influencia del Imperio romano en la saga es más que notoria. La historia transcurre en un futuro Estados Unidos después de un colapso ambiental, donde se lo ha rebautizado como “Panem”, una referencia directa al lema romano panem et circenses, pan y circo. Los nombres de los líderes y figuras influyentes del Capitolio son romanos: Séneca, César, Plutarco, sólo para nombrar algunos. Y los juegos mismos son una versión moderna de las luchas de gladiadores. En las películas incluso se puede ver a uno de los personajes, Cato, blandiendo un gladius, la espada corta de las legiones romanas. De ahí viene la palabra “gladiador”, quien pelea con un gladius.

Lo que Collins explora con el libro, o al menos lo que yo entiendo de ello, es cómo es posible que algo tan grande como el Imperio romano pueda caer. Los tres primeros libros de la saga se desarrollan justamente sobre eso: cómo se desmorona un imperio que parece indestructible, cuando el desbalance de fuerzas entre oprimidos y opresores es tan grande.

Lo fascinante de esta saga, publicada entre el 2008 y el 2010, es que pareciera adelantar en más de 6 años a los análisis hechos por Martin Gurri, un analista de la CIA que pasó décadas estudiando el impacto político del flujo de información, quien en 2014 publicó La rebelión del público: allí explica en términos políticos lo que Collins había narrado en términos ficcionales. Los dos llegaron a las mismas conclusiones por caminos completamente distintos.

Tus quince minutos de fama

Los juegos del hambre es una novela de ciencia ficción, y como todas las historias de ciencia ficción motorizan la narrativa a través de una innovación tecnológica o novum. Viajes espaciales, ingeniería genética, o algo relativamente simple como un submarino, fueron ejes de famosas novelas del género.

Pero lo que se destaca en esta historia es que Collins elige como eje de su novela una innovación tecnológica poco común, el reality show. Lo desconcertante de esta elección es que no solemos pensar en el reality show como una tecnología disruptiva, o como una tecnología en sí misma. Pero a medida que nos adentramos en la novela vamos dándonos cuenta del profundo impacto que esta produce en la sociedad.

Si bien la novela tiene muchos avances tecnológicos, modificaciones genéticas, aviones flotantes, la arena misma, el verdadero eje narrativo es el programa televisivo, y más específicamente, la relación que construye entre el espectáculo y su audiencia.

El reality show es una innovación tecnológica porque transforma al espectador en participante. En Gran Hermano el público vota semanalmente quién abandona el juego. En Los juegos del hambre esa participación toma la forma del patrocinio: los espectadores pueden enviar dádivas o ventajas a los tributos en la arena. Estos mecanismos le dan al público una forma real de influir en el resultado, y esa pequeña cesión de agencia es la semilla de todo lo que viene después.

Pero antes de llegar ahí, dediquémosle un momento a entender por qué los juegos eran tan importantes para la continuidad del poder.

Que la suerte esté siempre de tu lado

Como dije más arriba, Collins hace un paralelismo entre el reality show de Los juegos del hambre con el circo romano. Con esto, la autora nos está insinuando que ambos funcionan de la misma forma; como un aparato de propaganda estatal. El circo romano no era un simple entretenimiento, era la manera en la que el Imperio romano se publicitaba a sí mismo. Guerreros esclavizados de todos los confines del planeta conocido, animales exóticos, escenificaciones de batallas que llegaban a inundar la arena y llenarla de barcos. Con estas demostraciones de técnica y recursos el imperio exhibía su poderío y su alcance, controlando una narrativa que justificaba su dominio sobre otras regiones y le permitía mantener lo que los romanos llamaban “la paz romana”.

En este sentido, en la novela, los juegos funcionan de manera análoga, son una representación de “Los días oscuros”, la cruenta guerra civil que enfrentó a los distritos con el poder del Capitolio, dejando como resultado un único ganador. Los juegos están diseñados para reforzar la idea de que el poder del Capitolio impone una paz entre los beligerantes y salvajes distritos, exponiendo su violencia en una arena donde deben matarse cuerpo a cuerpo con armas blancas.

Pero existe una diferencia crucial con el circo romano ya que estos construyen una narrativa diferente. El circo romano producía una narrativa de conquista externa. El gladiador disfrazado de samnita o de tracio era un despojo de guerra, un trofeo viviente que recordaba a la audiencia quiénes eran los vencedores y quiénes los vencidos. Ellos eran los bárbaros y los espectadores, los civilizados. El circo tenía una función “romanizante”. El galo que vivía dentro del imperio ya era suficientemente romano como para ver al bárbaro de la arena como algo lejano y exótico, no como un espejo de sí mismo. Romanizarse significaba precisamente eso: pasar de ser el gladiador a ser el espectador.

Mientras que en Los juegos del hambre la narrativa es de competencia interna. El Capitolio no es un imperio en expansión, es un orden global. Un orden que pretende ser el único posible, intrínseco al ser humano, un escalafón eugenésico. Es la lógica del darwinismo social aplicada al espectáculo o el capitalismo más salvaje.

Y para que esa narrativa funcione, el habitante del Distrito 12 que ve morir a su tributo tiene que aceptar algo que el ciudadano romano nunca tuvo que aceptar: que su distrito perdió porque merecía perder. Tiene que internalizar la derrota como evidencia de su propia insuficiencia. Para eso el sistema tiene que ser lo suficientemente opaco, las teselas, el entrenamiento clandestino de las carreras, el patrocinio. Todo diseñado para que la desigualdad estructural parezca una diferencia natural de capacidades. En otras palabras: meritocracia.

Para empezar, los tributos se seleccionan entre los jóvenes de 12 a 18 años, dos por distrito, un niño y una niña. Cada año de vida dentro de ese rango suma una entrada más al sorteo. El de 12 tiene una, el de 18 tiene siete. Ya desde el principio, el sistema impone unos juegos donde la mayoría de los tributos son más maduros, que además suelen ser más fuertes y más capaces de violencia.

Además de eso están las teselas; otra palabra prestada del latín, que se traduce como ficha o token. Cualquier joven puede agregar su nombre una vez más al sorteo a cambio de una dotación anual de grano y aceite. Una por cada miembro de su familia. Y las entradas se acumulan año a año.

Pensemos en Peeta: tiene 16 años, viene de una familia de panaderos con un pasar razonable. Nunca necesitó teselas. Su nombre está en el sorteo cinco veces, las que le corresponden por edad.

Katniss tiene también 16 años, pero su padre murió en una explosión minera y su familia pasó hambre. Desde los 12 intercambió su nombre por comida, para ella y para su madre y su hermana. Para los 74° Juegos su nombre está en el sorteo veinte veces. Cuatro veces más que Peeta, con la misma edad.

Y después está Gale. 18 años, sostén de una familia numerosa, lleva años acumulando teselas. Su nombre aparece cuarenta y dos veces.

El sistema de teselas empuja a las familias más pobres a ser la principal participación en los juegos. Si las teselas son un elemento de control contra los más pobres, las carreras representan las ventajas que se les otorga a los más ricos. Los distritos más prósperos (1ro., 2do. y 4to.), aledaños al Capitolio e históricos aliados de este, seleccionan jóvenes que son entrenados (de manera clandestina pero tolerada por las autoridades) específicamente para participar en los juegos. Estos no se someten a la votación sino que entran voluntariamente y, en términos generales, tienen las mejores probabilidades de sobrevivir.

El resultado de esta combinación de factores es unos juegos dominados por los distritos más ricos, de una cercanía cultural y geográfica al Capitolio.

Pero para que los juegos funcionen como herramienta de legitimación del poder, ese resultado no puede presentarse como lo que es; una ventaja estructural sistemáticamente reproducida. Tiene que presentarse como mérito.

La narrativa meritocrática es indispensable para el Capitolio porque resuelve un problema de legitimidad que viene desde los Días Oscuros. El Capitolio ganó la guerra civil haciendo uso de la fuerza, esto lo convirtió, ante los ojos de los distritos, en un invasor, en un opresor. Para revertir esta percepción debe posicionarse como protector y líder, instaurando la narrativa de que ganaron porque son mejores, más capaces y más civilizados. Los juegos son la demostración anual de esa superioridad: si los distritos aliados al Capitolio producen más vencedores, es porque sus valores, su cultura y su forma de vida son superiores. El resultado desigual se convierte en evidencia de una jerarquía natural.

Sin embargo no alcanzaba con que los tributos se masacraran en la arena, tenían también que “jugar” el juego. De lo contrario serían simplemente crueles y públicas ejecuciones de jóvenes. Aquí entra en juego el sistema de patrocinio, este cumplía una doble función. Por un lado le daba a los tributos una opción no física de ganar ventaja: ya sea por su carisma o capacidad narrativa, los tributos podían ganarse un público, un público que los apoyara y apostara por ellos en los juegos, un favorito.

Esto funcionaba también como una censura suave hacia los tributos, porque estos debían ganarse el corazón de sus propios opresores, los ciudadanos del Capitolio, quienes casi exclusivamente tenían los medios necesarios para permitirse un gasto tan excéntrico y suntuoso como mandar un regalo a la arena.

Los tributos no solo debían apelar a las sensibilidades del Capitolio, vestirse como ellos, hablar como ellos, sino ser cómplices de su propia opresión. Validar los juegos y reproducir la narrativa meritocrática. Así, si algún tributo de algún distrito “indeseable” llegase a ser el vencedor sería porque refleja mejor “los valores del Capitolio”.

Haciendo uso de este sistema, el Capitolio se garantizaba que los jugadores participaran activamente del juego y que, sin importar quién ganara, siempre se mantuviera la narrativa. Pero este sistema tenía un defecto, o más bien tenía un efecto colateral imprevisto.

¡Entonces os desafío, estrellas!

Si bien el patrocinio implicaba un tipo de censura suave para los tributos, no impedía que estos pudieran decir lo que les pareciera durante las entrevistas,claro que no ir con la corriente sería una muerte asegurada, ya que el patrocinio era esencial para cualquier tributo que pretendiera sobrevivir en la arena. Pero, técnicamente, podían decir lo que quisieran, y por muchos años esto funcionó con relativo éxito.

Pero entonces llegaron los 74° Juegos del Hambre y se dieron una sucesión de eventos desafortunados. No solo Peeta fue seleccionado para morir en la arena sino que con él fue llevada la muchacha de la cual llevaba años enamorado en secreto, quien además, era ampliamente superior a él en posibilidades de ser la vencedora en los juegos.

Peeta se consideró condenado desde el momento en que su nombre fue llamado en la Cosecha. Incluso sus propios padres apoyaban a Katniss: la favorita del distrito, la cazadora, la que tenía posibilidades reales. A él le quedaba una sola cosa: su dignidad.

La noche antes de entrar a la arena, en la azotea del Centro de Entrenamiento del Capitolio, Peeta le confesó a Katniss lo que había decidido.

“Quiero morir siendo yo mismo. ¿Tiene sentido eso? No quiero que me cambien allí adentro. Que me conviertan en algún tipo de monstruo que no soy. Solo que no dejo de desear poder encontrar la manera de mostrarle al Capitolio que no me poseen. Que soy más que una simple pieza en sus juegos”.

Peeta toma la decisión de no jugar, un gesto suicida. Cuando César Flickerman lo entrevista no intenta resaltar sus habilidades ni venderse como el mejor candidato. Usa la plataforma que se le da, sus quince minutos de fama, para declarar su amor a Katniss ante todo Panem.

Este es el verdadero punto de inflexión de la saga, este es el momento en el que el Capitolio pierde el control de la narrativa. Porque Peeta va a interpelar al público con una historia más poderosa y más entretenida que la que este propone, una historia de amor trágica. Este drástico cambio de enfoque fuerza a Katniss a seguirle el juego, y con ella también el programa mismo. Ahora eran los tributos quienes marcaban la agenda y el tono de los juegos.

Así, bajo presión, el Capitolio comete un error letal. Hacia el final de los juegos, cuando solo quedan tres tributos con vida, Katniss, Peeta y Cato, un carrera y el favorito de los juegos, el Capitolio anuncia un cambio de reglas sin precedentes: por primera vez en la historia de los juegos, dos tributos podrían ser declarados vencedores simultáneamente, siempre que fueran del mismo distrito. Este gesto insinuaba que la narrativa de los amantes trágicos sería absorbida dentro del relato oficial.

Lo que Peeta y Katniss no sabían era que esto era una trampa, los juegos deben, siempre, repetir el éxito del Capitolio, es la única razón por la cual los juegos existen en primer lugar. Cuando Cato muere y quedan solo los dos, Séneca, el director de los juegos, revierte el cambio: solo puede haber un vencedor.

Séneca hizo una apuesta arriesgada, pero no calculó que la narrativa del amor trágico tiene su propia lógica interna. Los amantes trágicos mueren juntos. Katniss y Peeta hacen un pacto suicida: ambos tomarían bayas venenosas, dejando a los juegos sin vencedor. Katniss redobla la apuesta a sabiendas que unos juegos sin vencedor tendría severas represalias para su director. Séneca es entonces forzado a tomar una decisión en un apuro. El Capitolio cede. Proclama dos vencedores por primera vez en la historia.

Pero el daño ya estaba hecho. El sistema había demostrado, ante toda Panem, que sus reglas eran negociables bajo presión. Si el amor puede vencer al orden, entonces el dominio del Capitolio tiene un serio contrincante.

Con esto Collins nos muestra el verdadero poder del reality show, de la transformación de masa pasiva en público activo. Cómo esta innovación le brinda a las masas la capacidad de imponer nuevas narrativas que compitan con la del orden establecido. Cómo a través de una simple y aparentemente inocua innovación tecnológica todo el poder hegemónico puede irse por el caño.

Un pesimista es un optimista bien informado

Ahora me gustaría tomar un descanso de las obras para reflexionar sobre lo que Collins está insinuando con este final. Todo el concepto del Sinsajo puede entenderse dentro del marco de pesimismo tecnológico.

Para entender el pesimismo tecnológico hay que ver su opuesto primero.

El optimismo tecnológico parte de una premisa simple: biológicamente somos los mismos seres humanos que vivían en las cuevas. Lo que cambió no fue nuestra naturaleza sino nuestra capacidad de crear y controlar la tecnología. Desde esa perspectiva, la historia humana es una línea recta. Cada descubrimiento científico, cada innovación, un escalón más en una larga carrera hacia la trascendencia. El destino final de esa carrera tiene incluso un nombre: la singularidad, ese punto futuro en el cual máquina y hombre ya no sean distinguibles.

La consecuencia lógica de esta visión es que todo problema tiene una solución tecnológica. La muerte, la enfermedad, la pobreza, la guerra no son más que cuestiones de tiempo y de ingeniería, no de condición humana. Peter Thiel, Elon Musk, Bryan Johnson son quizás sus exponentes más visibles hoy: hombres que han volcado fortunas enteras en la convicción de que la tecnología no solo mejora la vida humana sino que eventualmente la trascenderá.

En cambio, un pesimista tecnológico es quien remarca que nuevas tecnologías crean nuevas relaciones y por lo tanto nuevos problemas. Efectos colaterales imprevistos que incluso pueden ser más dañinos que el problema que se intentó resolver en primer lugar. Un ejemplo de esto sería el calentamiento global. Si bien la autora nunca se ha pronunciado al respecto podríamos ubicarla en el último grupo.

La figura del Sinsajo es una metáfora a, justamente, los efectos inadvertidos de la tecnología. Ya es evidente desde su historia de origen.

El Capitolio creó los jabberjays; pájaros modificados genéticamente para espiar y repetir conversaciones humanas. Cuando los rebeldes descubrieron su función empezaron a usarlos para enviar información falsa al enemigo. El Capitolio, al darse cuenta, los abandonó en la naturaleza esperando a que murieran, ya que eran genéticamente todos machos. Lo que no tuvieron en cuenta es que su parentesco con el sinsonte salvaje permitió que se reproduzcan, dando lugar a una especie nueva: el sinsajo. Un pájaro que nadie diseñó, que nadie controla, y que tiene la capacidad de copiar y amplificar la voz humana a través del bosque.

Katniss tenía un vínculo especial con ellos, heredado de su padre. Cuando cantaba, los sinsajos la escuchaban y repetían su melodía, transmitiéndola de uno a otro hasta que el sonido se esparcía como fuego entre los árboles. No es casualidad que el segundo libro se titule “En llamas”, la imagen del contagio irrefrenable es el símbolo central de toda la saga.

El sinsajo funciona de manera similar al fenómeno de la viralización: repetir y amplificar el mensaje de un individuo rápidamente y sin mediación. Y, al mismo tiempo, la autora nos está diciendo que la viralización de contenido es un efecto inadvertido del reality show, y que este es extremadamente peligroso.

El reality show y las redes sociales al primer vistazo parecieran no tener nada que ver, pero cuando se los analiza con detenimiento uno se da cuenta que ambas responden a la misma lógica. Las redes sociales son, en cierto sentido, la sobreexposición de la vida privada, donde el usuario voluntariamente expone sus momentos íntimos y reales como contenido. El algoritmo, al igual que las estadísticas de rating, reproducen y validan la mejor historia. Pero sobre todo la red social le da al público capacidad de voto, y por lo tanto un papel activo en la discusión pública. Este es el por qué digo que Collins se adelantó a su tiempo, si bien el fenómeno de viralización ya existía, por cadenas de email y protocolos de mensajería, el botón de like es introducido en facebook en 2009, varios meses después de la publicación del primer libro, y 6 años antes que Martin Gurri, en su libro La rebelión del público pueda explicarlo en palabras.

Escalofriantemente similar a cómo se desarrollan los eventos en el libro sucedió lo que se llamó “La primavera árabe” entre el 2010 y el 2011.

El 17 de diciembre de 2010, Mohamed Bouazizi, un vendedor ambulante de 26 años en la ciudad tunecina de Sidi Bouzid, intentó instalar su puesto de frutas sin permiso. Una oficial de policía le confiscó el carrito y lo humilló públicamente. Bouazizi fue a quejarse a las oficinas del gobierno y al ser ignorado se roció con gasolina y se prendió fuego frente al edificio.

Hasta ahí, un acto de desesperación individual. Había habido gestos similares antes en Túnez que nadie había visto. Lo que cambió esta vez fue un teléfono. El primo de Bouazizi corrió al lugar, filmó con su celular el cuerpo mientras era subido a una ambulancia, y esa tarde subió el video a Facebook y se lo mandó directamente a Al Jazeera, que lo transmitió esa noche. Al día siguiente había protestas en ciudades de todo Túnez.

En enero de 2011, después de 23 años en el poder, Ben Ali huyó del país. En febrero cayó Mubarak en Egipto, después de 30 años de gobierno, tras 18 días de protestas coordinadas en gran parte por redes sociales. El efecto se propagó a Libia, Yemen, Siria, Marruecos, Baréin. Un vendedor ambulante ignorado por un burócrata sin relevancia había desencadenado la mayor ola de cambios de régimen en el mundo árabe desde la descolonización.

Las bayas venenosas de Katniss y Peeta también eran un gesto individual, sin intención política, que el sistema no pudo contener porque ya no controlaba todos los canales de transmisión del mensaje. Bouazizi no pretendía iniciar una revolución, igual que Katniss no pretendía iniciar una cuando amenazó con las bayas. Como le diría Snow a Katniss poco después: “Has proporcionado una chispa que, desatendida, puede convertirse en un incendio que destruya Panem”. El movimiento de Indignados en España y Occupy Wall Street en Estados Unidos, ambos desarrollados durante el 2011, reflejaban los mismos principios de viralización y desestabilización del poder.

Un último detalle curioso que puede ser una casualidad, pero Larry, el pájaro azul que era el logo de Twitter, tiene un parecido notable con el sinsajo. No deja de ser irónico que lo primero que hizo Musk al comprar la plataforma fuera eliminarlo.

Gurri estudió estos movimientos y llegó a la conclusión de que, si bien eran capaces de derrotar gobiernos que parecían intocables, eran incapaces de construir un movimiento político que los reemplazara.

Collins de alguna manera también intuyó lo mismo 6 años antes. En el segundo y tercer libro de la saga no solamente va a pronosticar cómo van a terminar todos estos movimientos de insurgencia sino que también va a darnos un adelanto de la situación en la que nos encontramos ahora. Volvamos a la obra.

Vencedores vencidos

Como ya mencionamos, los juegos del hambre, el programa televisivo, son una pieza fundamental del control del Capitolio, pero al mismo tiempo los juegos solo pueden producir el control de un poder centralizado. De esta manera los juegos son tan dependientes del Capitolio como este de él.

En el segundo libro lo que vamos a ver es cómo esta relación se rompe. Los vencedores saben ahora que pueden controlar los juegos. Y eso hacen: se complotan, deciden entre ellos cuál va a ser la narrativa, quién va a sobrevivir y con qué historia.

El Capitolio, sin saberlo, les da la oportunidad perfecta. Los 75° Juegos del Hambre son un Quarter Quell, una edición especial que se celebra cada 25 años, donde las reglas se alteran para reforzar el mensaje del poder. En esta edición, el Capitolio quiere recordarles a los distritos que ‘incluso los más fuertes de ellos no pueden con el Capitolio’. Para eso, los tributos serán seleccionados entre los vencedores de juegos anteriores. Katniss es la única mujer vencedora del Distrito 12. Convenientemente, tanto para Snow como para la historia, ella está forzada a volver a la arena.

Los vencedores participaban activamente en los juegos como mentores de los tributos y como celebridades mediáticas. Su función como mentores los había entrenado en el arte de la manipulación mediática ya que eran ellos los que decidían las historias que los tributos debían tomar y cuándo enviar los regalos en la arena. Además estos vivían recluidos en sus villas de vencedores, barrios cerrados. Esto proporciona la combinación perfecta para que se diera el complot (que era parte de un plan más grande, pero no nos adelantemos):

A espaldas de Katniss, deciden que ella va a ser la vencedora y la narrativa va a ser la justicia. Ella, ahora personificando el símbolo del Sinsajo, va a ser la campeona de los pobres y de los oprimidos. Pero esta estrategia tiene una falla crucial. “La Justicia” en mayúsculas, no es un relato de poder es, al contrario, un relato de protesta, se impone “contra” el sistema, denuncia el poder establecido por injusto o moralmente decadente.

La protesta no propone un modelo de sociedad, simplemente acusa las fallas del ya existente. En cambio, la función de los juegos es crear un hegemón, un centro que construye activamente una narrativa de poder; lo que proponen los tributos es incompatible con la misma naturaleza de los juegos.

Los tributos eligen la justicia como narrativa porque es el único terreno común que tienen. Una lucha que pueden apoyar tanto los ciudadanos del Capitolio como los distritos. Pero al ser relativa a cada persona, cada vencedor llega a la arena con su propia versión.

Finnick alega que el público ama a los vencedores, matarlos es quitarle algo a la audiencia. Johanna apunta a que el trato era claro: ganás los juegos y nunca más volvés. Beetee que sus aportes como ingeniero beneficiaron a toda la sociedad, y esta era una amarga retribución.

Tres versiones distintas y muy personales de la misma injusticia.

Y entonces Peeta hace algo cualitativamente diferente: miente. Anuncia que Katniss está embarazada. Impone una falsedad diseñada para hacer quedar como un monstruo a Snow ante su propia audiencia. Es el primer personaje de la saga en entender que en una guerra de narrativas la verdad es solo una herramienta más. Y que a veces una mentira bien colocada es más poderosa que cualquier verdad.

Todos estos mensajes de protesta son denuncias individuales contra el poder, todos convergen en su oposición al sistema pero tienen poco en común. Los tributos creen que pueden utilizar los juegos para hacer un cambio en el sistema, pero la naturaleza misma de los juegos y la de la viralización en sí (representada por el sinsajo) lo impiden. El resultado es que los 75° Juegos del Hambre no llegan a terminarse, la arena “se rompe” y los juegos se terminan para siempre.

Momentos antes de empezar los juegos vemos una imagen de todos los vencedores unidos de la mano, incluso las carreras, apoyando el mensaje de protesta que el complot diseñó. Pero ni bien ponen un pie en la arena todo se descontrola.

Una vez empezados los juegos todo vuelve a ser como antes, los más débiles mueren primero, las carreras se agrupan en su manada y los héroes empiezan a discutir entre ellos. Lo que empezó como un grupo termina con cada uno por su lado sin saber bien qué hacer.

Al final Katniss, usando su arco justo al mismo tiempo que cae un rayo, rompe el techo de la arena y los juegos se suspenden.

Katniss rompe la arena por casualidad, es un efecto colateral de lo realmente estaba tratando de hacer. Reforzando la idea de lo ingobernable del símbolo del Sinsajo que no puede ser utilizado para la construcción de una alternativa que reemplace al poder.

Los movimientos de insurgencia de la segunda década del siglo XXI experimentaron el mismo fenómeno: lograban poner en agenda sus problemáticas pero eran incapaces de construir una estructura que pudiera llevar a cabo las soluciones.

Matar a un ruiseñor

Lo que Katniss rompe junto con la arena es un contrato social. La arena era el espacio donde todos aceptaban implícitamente las mismas reglas, aunque estas reglas fueran profundamente injustas. Su destrucción hace colapsar el orden establecido sin proponer uno nuevo. Lo mismo ocurre con la política convencional; la forma en la que se discute la política ha cambiado, sin aún poder construir una solución perdurable.

Para Collins el núcleo de esta problemática se halla en el hecho de que los juegos son una herramienta creada por el Capitolio para la continuidad de su propio dominio. Un poder centralizado, donde la autoridad se construye desde arriba.

De esta misma manera funcionan los medios de comunicación. Gurri señala que existe una dependencia estructural entre los medios y el orden social que pretenden reportar porque necesitan que ese orden exista para poder funcionar. Un diario necesita instituciones que produzcan noticias, lectores que crean en la autoridad de la información, y un marco legal que garantice su operación. Sin orden social no hay medio de comunicación posible. Por eso los medios, independientemente de su orientación política, tienden a reproducir la narrativa que sostiene ese orden por su propia necesidad estructural. Al igual que en la novela, los medios centralizados de información y el Estado son parte del mismo sistema, aunque ninguno de los dos lo reconozca abiertamente.

Cuando se introduce el botón de like en las redes sociales y se dispara el fenómeno de la viralización, esta relación entre Estado y control de la información se ve afectada. Pero el problema de la viralización no es solamente que esta también necesita la misma estructura que amenaza, sino que su propia naturaleza de amplificar el mensaje de un individuo hace imposible la construcción de una narrativa colectiva. Este fenómeno es conocido como “hyper-individualización,” el individuo se ve así empoderado, pero al mismo tiempo amputadas toda posibilidad de cambio.

Al igual que el pájaro de la novela, la viralización repite y amplifica la voz de un único individuo, otros se identifican con ese mensaje y lo repiten pero al hacerlo abandonan su propia experiencia en pos de la del otro. Así, aunque un mensaje llegue a miles de personas está codificado por un único individuo y su propia realidad, construir algo colectivo a partir de aquello es sumamente difícil.

Un buen ejemplo de este fenómeno es el Ice Bucket Challenge de 2014. Lo que comenzó como un gesto personal de Pete Frates (un exjugador de béisbol universitario que había perdido la capacidad de hablar por el ELA y usaba las redes para dar visibilidad a su enfermedad) se viralizó hasta alcanzar 440 millones de personas en todo el mundo y recaudar 115 millones de dólares en ocho semanas. Pero la mayoría de los participantes filmaban el video, se nominaban entre sí y seguían adelante con su día. La causa original (la enfermedad, la investigación, Pete Frates) se había olvidado. El centro era el propio acto de participar, de ser visto participando. El mensaje colectivo había sido reemplazado por millones de mensajes individuales que decían, en esencia, ‘yo también’. Cuando la asociación intentó repetir el desafío al año siguiente, fracasó completamente, el interés y las donaciones volvieron a niveles previos en cuestión de semanas.

De igual forma los movimientos de insurgencia del 2011 terminaron rápidamente en la disolución, incapaces de ponerse de acuerdo en los más básicos de los términos. Esto creó un vacío de poder, en donde la política tradicional es incapaz de responder a las exigencias del público, pero al mismo tiempo se imposibilita la creación de una alternativa viable.

Un estado totalitario, como puede ser China o Irán, pueden usar su autoritarismo para mitigar este fenómeno utilizando la coerción y la censura. Pero las democracias liberales, debido a que están fundadas sobre las libertades individuales son particularmente sensibles a este fenómeno.

Este vacío de poder genera que nuevos movimientos políticos “outsiders” de la política, oportunistas y enfocados únicamente en el rechazo a lo establecido, tengan una rápida ascensión al poder o la discusión pública. Capturando la discusión con inflamatorias y exageradas posturas se montan sobre el poder destructivo de la viralización para llegar al poder.

Pero una vez allí, ya que su única postura posible es el antagonismo al orden establecido y, siendo ellos ahora el mismo orden, el único camino disponible es la disolución. Esto produce un severo problema, ya que las democracias se encuentran entonces en un ciclo destructivo de sí mismas, en donde aquellos que son ungidos para tomar el poder deciden destruirlo “desde adentro”.

Recortes de Estado, deslegitimación de las instituciones, personas que operan sin puestos oficiales, la privatización y la eficiencia, son todas banderas de las nuevas derechas.

Pero, aunque hayan llegado al poder, el efecto inflamatorio de la viralización sigue funcionando. Apenas un año después de la llegada de Trump al poder, en octubre de 2017, el New York Times publicó las acusaciones contra Harvey Weinstein. Alyssa Milano usó el hashtag creado por Tarana Burke una década antes “#MeToo” y en 48 horas había más de 12 millones de publicaciones. Según Facebook, casi la mitad de los estadounidenses tenía un amigo que había publicado sobre experiencias de acoso o agresión.

Estos nuevos poderes se han topado una vez más con lo que Collins remarca, la viralización es indomesticable, mientras exista este fenómeno, la construcción de un poder centralizado y verticalista es imposible.

Los mismos movimientos que usaron la viralización para llegar al poder descubren, una vez allí, que esa misma viralización los amenaza. Solo les queda una salida: matar al sinsajo.

En el tercer libro Collins va a explorar cómo estos poderes intentan mitigar la capacidad desestabilizadora de la viralización e intentar de alguna manera dominar su poder.

La verdad es la primera víctima de la guerra

En la última parte de la saga lo que descubrimos es que todo era una gran conspiración del distrito 13. Un distrito militarista y con potencial nuclear que había estado “dormido” hasta que las condiciones materiales para la toma del poder estuvieran maduras. Este distrito encabezado por la presidenta Coin instrumentaliza al Sinsajo como símbolo de la revolución.

Coin logra reclutar a Katniss con la promesa de que una vez en el poder eliminaría los juegos para siempre. Pero como hemos visto más arriba, los juegos son un requerimiento para la creación de un poder, así es como, cuando la rebelión parece que va a ser exitosa, Coin muestra su verdadero rostro anunciando que va a continuar con los juegos, dándonos así la autora, un no muy sutil guiño de que ambos, Snow y Coin, son solo dos caras de la misma moneda (“coin” en inglés).

El Capitolio, por su parte, no queda inactivo. Utiliza a Peeta para sus fines. En un intento de desacreditar e inmovilizar el poder del Sinsajo y, bajo la influencia de sustancias, inunda la mente de Peeta con información falsa e incluso contradictoria con su propia experiencia. Peeta pierde la habilidad de reconocer qué es real y qué no. En este estado de confusión intenta asesinar a Katniss, ayudado incluso con la complicidad de Coin, que también entiende que una vez tomado el poder debe deshacerse de ella.

El resultado final es que Katniss termina asesinando a Coin, la persona que ayudó a poner en el poder en primer lugar. En este punto el libro se encuentra en el mismo dilema que nos encontramos ahora, el Sinsajo destruirá a cualquiera que intente hacerse del poder. Para resolver este conflicto Collins hace uso de un viejo truco literario. Katniss entra en una especie de letargo del cual, al salir, todo se ha resuelto por sí mismo y un nuevo gobierno ha sido formado de las cenizas del anterior. Podría hacer una defensa en su favor, sobre por qué eligió ese final, pero sería poco relevante a lo que estamos discutiendo. Lo que puedo decir es que no fue una simple holgazanería, no creo que nadie sepa realmente cómo vamos a salir de este problema. Collins da un salto de fe, esperando que todo se resuelva para bien.

Lo que me gustaría rescatar de la última entrega de la saga es que el fenómeno de la viralización no puede ser contrarrestado con censura, no sin perder los elementos fundantes de las democracias liberales, occidentales y “civilizadas”. La única forma de aplacar su poder es, por así decirlo, atravesándola, llenando el espacio con tanta información falsa que lo que es real y lo que no empiece a desdibujarse. La fake new disuelve el poder aglomerante de la viralización, dando tantas verdades como individuos. Un fenómeno que es intrínseco de la misma tecnología, pero que las nuevas fuerzas políticas explotan a su favor. Si bien la incapacidad de discernir lo que es real amortigua la amenaza más inmediata de la viralización, alinear personas de trasfondos y necesidades diferentes bajo una misma bandera “anti-establishment”, su verdadero peligro descansa en que rompe con los mecanismos en los que descansa la autoridad, la construcción de una narrativa de poder.

Aún no terminamos de entender las consecuencias de este estado de posverdad en el que nos encontramos, el ciclo destructivo de llegada al poder, fake news y disolución de las instituciones parece imparable. Collins pudo verlo antes que nadie, en un arrebato de genialidad que solo los grandes artistas tienen, pero han tenido que pasar 15 años para que pensadores como Gurri hayan podido explicar los efectos colaterales del botón de like, 30 años desde el reality show. ¿Cuáles serán las consecuencias imprevistas de las tecnologías realmente disruptivas que estamos introduciendo ahora en la sociedad? ¿Cómo nos afectará en 10 años o en 30?} No es que esté en contra del avance tecnológico, es solo que no comparto el entusiasmo.

Besis Saico

Para seguir leyendo

Sobre la hiperinidividualización y la tecnología

Éric Sadin, La era del individuo tirano. El fin del mundo común (Caja Negra, 2022). El filósofo francés más lúcido sobre cómo las tecnologías digitales alimentan un narcisismo que erosiona todo proyecto colectivo.

Sobre la crisis de la autoridad y los movimientos de insurgencia

Martin Gurri, La rebelión del público. La crisis de la autoridad en el nuevo milenio (Interferencias / Adriana Hidalgo, 2023-2024). El libro que predijo a Trump, el Brexit y Milei antes de que ocurrieran. Publicado originalmente en inglés en 2014, llegó al español casi una década después.

Sobre el pesimismo tecnológico

Éric Sadin, La siliconización del mundo. La irresistible expansión del liberalismo digital (Caja Negra, 2018). Un diagnóstico más amplio del mismo autor sobre cómo Silicon Valley colonizó todas las esferas de la vida social.

Sobre la Primavera Árabe y las redes sociales

Zeynep Tufekci, Twitter and Tear Gas: The Power and Fragility of Networked Protest (Yale University Press, 2017). La socióloga turco-americana que mejor ha estudiado la relación entre redes sociales y movimientos de protesta — incluyendo por qué esos movimientos son simultáneamente más fáciles de iniciar y más difíciles de sostener que los de generaciones anteriores. No tiene traducción al español todavía.

Sobre la post-verdad

Hannah Arendt, Verdad y política (1967), ensayo disponible en múltiples antologías en español. Arendt analizó la relación entre mentira y poder político décadas antes de que existiera el término “post-verdad”

Sobre los Juegos del Hambre

Suzanne Collins, Los Juegos del Hambre (2008), En llamas (2009), Sinsajo (2010). Edición en español de Molino/RBA. Suzanne Collins, Balada de pájaros cantores y serpientes (2020). La precuela donde se introduce el sistema de patrocinio y se cuenta el origen del personaje que se convertiría en el presidente Snow.